
Amon Amarth en Ecuador 2024. Foto: Junior Hernández Castro
Si no hubiera llegado dos horas antes al concierto, si no me hubiera amarrado el abrigo a la cadera, si no hubiese encontrado el espacio justo frente al escenario, si el mar de gente no me hubiera arrastrado a una esquina cuando empezó a sonar «Raven’s Flight», nunca hubiera caído sobre mí una púa de guitarra de Amon Amarth. Pero cae y la noto en mi mano, y la guardo en el bolsillo de inmediato, antes de que una horda se lance al piso en busca del tesoro perdido.
La gente enloquece de nuevo con «The Pursuit of Vikings», y Johan Hegg no para de gritar «Gracias, Quito» entre los coros de «Amon, Amon». Amon Amarth regresa a este lado del mundo por segunda vez en 10 años, y el Centro de Convenciones Teleférico se llena de t-shirts de berserkers, rostros pintados con runas, botas de cuero y muñequeras, y hasta un casco con par de cuernos.
El guion de la banda es impecable, como ensayado un millón de veces. Las guitarras cabalgan entre el humo, los del público responden con sus puños, y si Johan Hegg llama a remar, media sala se tira al suelo y navega con «Put your Back into the Oar». Los pogos tampoco faltan, ni los headbangings, ni los coros.
Y al final de la noche, cuando «Twilight of the Thunder God» hace temblar las paredes del Teleférico, y Amon Amarth está a punto de retirarse, el viejo espíritu de ellos mismos parece retornar al escenario. Ese espíritu que aparece por momentos, que algunos fans ya extrañan y que a otros les da igual, pues lo que buscan de los suecos es aquello que son ahora: puro show.
Pero antes de que ese show termine, vuelven a volar púas, baquetas y muñequeras, y vuelve a volar la gente en su búsqueda y captura. Yo regreso a mi bolsillo y vuelvo a palpar mi púa por enésima vez en la noche. Necesito saber que ese recuerdo en forma de triángulo y con la «A» de Amon Amarth, sigue estando en el mismo lugar. Conmigo.
