Foto: Alina Sardiñas, La Habana
Pongamos que tenemos a un muchacho. Un muchacho común, sin nada que lo haga resaltar entre los otros de su edad, por lo menos tras un vistazo breve. Tiene doce años, vive en La Habana, y se encuentra cursando el séptimo grado en una secundaria equis. Desde hace un año, nuestro hipotético adolescente se ha estado descubriendo una pasión por la música. Empezó por Queen y The Beatles, favoritos de sus padres. Luego vinieron Led Zeppelin, Deep Purple, Jimi Hendrix. Todas las recomendaciones afines del llamado “rock clásico” que, según aparecen en su lista de reproducción, más y más lo van encantando.
Este muchacho se encuentra ahora en la década de los ochenta. Judas Priest, Iron Maiden, Whitesnake y Van Halen resuenan en él como pocas otras bandas que habían hecho antes. Está descubriendo a unos cuentos Metallica, Megadeth y Slayer, y habla con no poco entusiasmo de esas canciones que tanto lo conmueven. Como es querido, su familia lo escucha y atiende sus inquietudes. Su única queja es que las conversaciones llevan invariablemente al eslogan “también deberías escuchar rock cubano”.
Y resulta que, una vez llegados ahí, la recomendación musical que sigue suele ser Habana Abierta. O los Van Van, so pretexto de que Juan Formell había incorporado elementos de rock en la música bailable. El final resulta un tanto anticlimático. Incluso un poco patético. ¿Porque qué tendrán que ver Habana Abierta o Van Van con los galopes de Iron Maiden, los chillidos operáticos de Judas Priest y los solos de guitarra de Ritchie Blackmore en Deep Purple?
Junior Hernández Castro, mente maestra detrás del portal especializado en rock y metal El Friki Periodista, empedernido friki y periodista musical a partes iguales que recientemente publicó el libro Que sea lo que ellos quieran (o la improbable historia del rock en La Habana), responde a nuestro hipotético adolescente que “la música de Habana Abierta es una de las múltiples formas en que el rock conectó con la música popular cubana, pero hay todo un universo de estilos y bandas más representativos del rock en Cuba propiamente”.

A su respuesta anexa además la invitación a buscar a grupos como Histéresis, Extraño Corazón o Zeus; que, aunque no son calcos exactos, en ellos se hacen más obvios los elementos comunes con las bandas foráneas.
El ejemplo del adolescente es poco más que la encarnación del desamparo que tiende a apoderarse del recién declarado friki que mira hacia atrás y se encuentra un espacio en blanco de cuarenta años declarado como la historia del rock en Cuba. Junior vino a dar con dicha historia tras adquirir los títulos Hierba Mala: una historia del rock en Cuba y Parche. Enciclopedia del rock en Cuba, de Humberto Manduley, un libro de la historia general y una antología que recogía las bandas de rock y metal cubanas documentadas y las presentaba junto a una descripción general, sus diferentes alineaciones, y fotos si estaban disponibles; creando en ese acto el primer registro estandarizado de la escena friki de Cuba.
«Cuando te das cuenta de que en tu país también hay una escena, una historia, unas bandas, quieres conocer más e involucrarte. En el momento en que compré el libro Hierba mala…, supe que había mucha tela por donde cortar, y que desde el periodismo podía hacerse más». Que sea lo que ellos quieran se suma a la pequeña pila de obras que rescatan la cultura del rock and roll cubano. En sus páginas figuran nueve entrevistas que dibujaron sobre ese espacio en blanco a través del relato de los músicos que hicieron nuestro rock nacional.
A la Historia con mayúscula, ese tema le parece irrelevante entre, en palabras del propio Junior, “tanta idea de épica o conflicto visible”. Y sigue: “pero, ¿lo es para las personas a las que le cortaron el pelo a la fuerza, o le estrellaron un vinilo contra la pared, o pasaron un fin de semana en un calabozo sin más razones que ser friki, o perdieron un trabajo por eso?”.

Porque lo que se queda tras leer el volumen es la bastante acertada sensación de que la historia de los frikis cubanos está pavimentada con la urgencia irrefrenable de supresión. «Antes, en los setenta y los ochenta, la gente de la salsa y la rumba, los guapos, te veían con el pelo largo y gritaban “¡Miraaaaaa!”, y empezaban a tirarte piedras ya caerte atrás», relata Juan Carlos Torrente para Junior Hernández. «A casi todos nos decían maricones. Oh enfermitos. O pelúas. No hacía falta que nos vieran, si todo el mundo lo sabía… Rockero y maricón eran casi la misma cosa, y si no dijeron que adorábamos al Diablo, fue porque el Diablo daba igual, a no ser que fuera americano…», añade la voz anónima que narra la introducción del libro.
El epitafio que lo resume fue redactado por Humberto Manduley: durante varias décadas, la única institución revolucionaria que se interesó por el rock cubano fue la policía.
«Te sorprenderías de la cantidad de veces que he encontrado cómo figuras destacadas de la cultura o la política cubanas se han referido a la censura del rock como algo anecdótico, pasajero, menor, reducido a la faceta de la radiodifusión, consecuencia de un contexto complejo, casi un malentendido», continúa Junior. «Hablar con los frikis, trabajar con sus memorias, permite ver la contracara de ese relato. Si bien es innegable que la historia reciente de Cuba está atravesada por contextos complejos que explican muchas arbitrariedades, los testimonios muestran que la censura fue más que eso. Fue control de los cuerpos, de los espacios y de la escucha; intentos de moldear subjetividades; homofobia; paranoia…».
Con Que sea lo que ellos quieran, Junior Hernández encontró la arista sin explorar en la tradición de contar la historia de un estilo musical que tiende a aprenderse ya florecer en alguna de sus variantes donde quiera que haya alguien con una guitarra y algo que decir. Al preguntarle, dice que busca hacer zoom donde otros hicieron un plano general — poniéndolo en términos de cine. Al inclinarse sobre los trabajos anteriores que tratan el tema halló una dimensión humana por explotar. Ahí entra en juego el periodismo narrativo, que brinda la posibilidad de utilizar las herramientas de la literatura para contar la historia real. Para narrar y despertar una respuesta sensata en el lector. Para “pasar de la fecha y el nombre a la persona de carne y hueso, con sus miedos, contradicciones y deseos”.
Es entonces cuando quiere trazar la línea temporal del rock en Cuba a partir de la historia de sus protagonistas. Va a los músicos y sus vivencias. Aunque no solamente. Él eligió mayoritariamente a quienes hacían la música; porque a través de ellos aparece todo lo demás. “Al ser el elemento primario de una escena, sus relaciones permiten conectar y reconstruir ecosistemas completos”.

Aunque parezca evidente, cuando se toca música, se crean dos bandos. Uno está sobre el escenario, instrumentos en mano, exhibiendo su arte; el otro se encuentra, usualmente, frente por frente, consumiendo dicho arte. Porque incluso los músicos, antes que músicos, son público. Junior señala que para hacer periodismo hay que elegir. Y sabe que por elegir qué contarnos perdemos cientos de historias.
Jugando en el bando opuesto, encontramos a Alina Sardiñas, quien apunta la lente de su cámara a los otros. Tal vez es mucho decir que a los olvidados, pero ciertamente a los menos documentados en la ya poco documentada historia del rock cubano.
Cuando se habla del friki, no falta la imagen de las hordas melenudas alzando la mano cornuta al compás de la metralla que escupen amplificadores cuyo dial de volumen está fijado en el valor máximo. Las botas, el cuero y las manillas de pinchos. Sin embargo, esa multitud, una vez que se termina el concierto, se dispersa por la ciudad y vuelve a casa. Y ahí se deshace en hebras: ya no son los frikis sino Alejandro, Yamila, Javier…
«Yo voy a la intimidad de sus cuartos; no al concierto lleno de gente, al performance, a su piel exterior. Me interesa lo desconocido de estas personas, la hondura que es su vida», dice Alina. «Los frikis que cargan con cincuenta años o más son los protagonistas de mi serie Light my Fire. Fotografiarlos es reconocer la persistencia de una escena que sobrevivió a la censura».
Además, sostiene que fotografiar solo a los músicos dejaría fuera a «quienes han sostenido la escena con absoluta lealtad. Porque la frikandad no va solo de música; es un modo de vida». Y con esto no se debe asumir que los músicos no están presentes en el proyecto. ¡Oh, sí lo están! Pero no como los guerreros escénicos que uno tiende a imaginar, sino como los discípulos del arte. Los que escuchan, los que aprenden, se inspiran y solo luego de eso toman un instrumento.

Para Junior Hernández, el valor de esta serie está en que pone nombres, rostros e historias de los frikis “de a pie” en la narrativa. Para Alina, en contar una parte más de la historia cultural de nuestro país. “Es una manera de hablar de resistencia, memoria y fidelidad a una identidad que no fue una moda pasajera, sino un modo de vida”, cuenta.
En la última muestra de Light my Fire que se expuso, además de los retratos con sus debidos pies, se proyectaron a modo de presentación de diapositivas los negativos digitalizados que algunos frikis conservaban como recuerdo. En calidades variables según la cámara con la que se tomó y el estado de conservación de la película antes de realizar la digitalización, se podía observar la oda más genuina a la memoria de los adeptos del rock and roll en Cuba.
Las instantáneas no habían sido tomadas por ningún fotógrafo de alto giro, como tampoco aspiraban a ser interpretadas como un gesto artístico ni a fijar algún valor historiográfico. Eran las fotos del amigo, del hermano, en el concierto, con las discotecas; la expresión más pura de una historia que narran sus protagonistas años después, sin jamás haber detenido a pensar que ese «oye, tírame una foto así con la espada como los de Manowar» sería la ventana para mirar a esas personas en esos años.
En esto se juntan Junior Hernádez y Alina Sardiñas: son el vehículo para contar historias. Uno en un libro, otro en retratos. Uno a los músicos, la otra al público. Pero en ambos casos con la persona real en el centro y no con un nombre, una fecha y una tabla de Excel.

Por desgracia para el adolescente hipotético del principio, nuestra escena nacional nunca despegó del todo. Ni siquiera como lo hicieron otros de Latinoamérica como Chile, Colombia, Brasil. Según Junior, mejor que decirle débil es llamarla interrumpida; obligado a recomendar una y otra vez en contextos tan cambiantes como poco favorables. Esto, además, echa tierra sobre la tumba fresca de la censura y el prejuicio, y fragmenta su memoria y su reconocimiento.
Cuba no tiene una gran banda de rock conocida de todos. Esta música nunca utilizó el centro del relato nacional. Más bien tenemos pequeños cúmulos desperdigados por nuestro archipiélago. Alina recomienda a nuestro adolescente modelo que tenga la conciencia de que si hoy puede abrazar este estilo de música es porque hubo una generación que se mantuvo sobre sus botas y defendió la escena a pesar del gesto hostil de la sociedad.
Tal vez no sea solo escuchar rock cubano lo que necesita este pobre muchacho, a quien deben zumbarle los metafóricos oídos de tanto traerlo a colación. A lo mejor, junto a la música, debería saber un poco más de la historia del rock en Cuba y entender lo que fue para atisbar a ver lo que es. Porque cuando estamos en contacto con estas vivencias, de alguna forma las vivimos un poco también y nunca olvidamos quiénes somos realmente.
(Tomado de la revista El Caimán Barbudo)
