
Dice un socio de Santa Clara que no importa en qué fecha sea: en Ciudad Metal, siempre llueve. Y cuando llueve, por supuesto, la gente cree que va a suspenderse, que lo van a parar, que nadie va a ir, que qué mala suerte.
Pero una vez el show arranca, aunque sea dos horas más tarde, la misma gente que dudaba parece olvidarse de todo. Entre un cielo que castiga y un mar de charcos por el suelo, Eric Domenech, un viejo lobo del metal en la ciudad, se acerca al público efusivo y lanza una arenga antes del asalto.
La lluvia arrecia sobre el descampado, pero ya nadie la siente, nadie se esconde, a nadie le importa. Entre las filas medio diezmadas de los frikis, ante los que Blinder se alza imponente, solo hay algo que empapa más que el agua: el metal. Hasta ahora, en mi opinión, el momento en que más se ha sentido aquella vibra que muchos añoran: la de un festival y una escena que no serán los mismos, pero por nada, se niegan a morir. Ahí fuera, continúa el aguacero.