
Foto: Ernesto Pérez
Para 1977, cuando Lynyrd Skynyrd perdió parte de sus miembros en un accidente aéreo, Ángel Carrazana Caso, Angelo, tenía 17 años, y estaba a solo unos meses de caer en prisión. Todavía estaba muy lejos de ser el “papá de los frikis” que mi generación conoce. Aún no había sobrevivido a un naufragio. Faltaba mucho para su transfusión de Jack Daniels. Pero de lo que sí estaba seguro era de que, para él, una vida sin rock and roll no valdría la pena.
Porque quien debió sustituir a Ronnie Van Zant no vivía en Florida, ni en Chicago, ni en Los Ángeles. Nació pilongo, en Santa Clara, a las 4 de la mañana el 20 de enero de 1959 y durante un frente frío como pocos han pasado por Cuba, o al menos, eso le contó su madre.
Angelo llega al Mejunje y, como no ve bien de lejos, todos lo saludan antes que sus ojos se acostumbren a la iluminación del Patio. Es temprano (sobre todo para él), cerca de las diez de la mañana. Viene probablemente con la misma ropa de anoche: “Pensaba que no iba a beber, pero me convencieron”. Lleva un t-shirt de Slash, aunque de sobra se sabe que tiene gustos más exquisitos (su tatuaje de la guitarra Dean de Dimebag Darrell es prueba de ello) y un nasobuco sucio (los que lo conocen, dirán que “ahí no hay pandemia que entre”).
Iba a la iglesia porque me gustaba cantar
Sonaría demasiado increíble decir que a Angelo le viene el amor por el rock and roll de herencia. Su familia, al menos en lo que a gustos musicales refiere, no se distinguía de ninguna otra familia cubana de aquella época. Perteneciente a la religión bautista, de niño lo llevaban a la Iglesia de la Trinidad.
—Yo iba a la iglesia porque me gustaba cantar. Me aprendí muchos himnos y cantaba en el coro. También pintaba, pero lo hacía por placer, porque nunca lo estudié, y hasta hoy todavía me encanta ver pinturas de Rembrandt, Rubens, Van Gogh.
De su niñez cuenta que, debido a ausencia de su madre, de la que no prefiere hablar, fue el padre quien asumió su crianza y la de sus hermanos. Angelo recuerda a su viejo como “un borracho que hacía de todo: lo mismo trabajaba en un torno, que una fresa, que soldaba”. Sería este hombre, el hombre de su vida, mediante sus tangos y boleros diarios en la guitarra, la primera persona que lo inclinaría por el instrumento.

Yo no tomaba ron
—¡Dale, viejo, anda!
No importa si es de día o de noche. Si es martes o miércoles. Si es feriado o día laborable. Cuando Angelo espeta la frasecita, todo el que lo conoce sabe que ya no anda bien, que en cualquier momento empezará a cantar la canción que le parezca o lo que le pidas (él se las sabe todas), que el hígado le burbujea de tanto ron.
Sin embargo, de adolescente no le gustaba el ron, ni el café, ni fumar (al cigarro le abrió las puertas a los 40 años). Lo suyo en aquel tiempo eran los narcóticos: anfetaminas y barbitúricos, y la cerveza. Tuvo la suerte o la desgracia —con él nunca se sabe— de tener un tío epiléptico, y al Angelito de 11 o 12 años le pareció bien un día empezar a robarle las pastillas para tomárselas. Esa adicción, de acuerdo con sus propias palabras, le duró for life.
Se le convirtió en rutina cada año, en los Ciudad Metal, no preocuparse por si el alcohol estaba fácil de encontrar o no. Compraba un pomo de té, y con eso y las pastillas la pasaba “de las mil maravillas”.

No hay nada más grato que lo prohibido
No puede ser un secreto para nadie que en el caso cubano, el desarrollo del rock estuvo marcado y sesgado por una serie de hechos acontecidos en materia de política cultural que condenaron a cierta relegación no solo a aquellos que pretendían cultivar el género, sino también a los que simplemente se declaraban seguidores del mismo.
Ser rockero en Cuba era complicado para Angelo desde adolescente, porque “la música era un tabú, rock and roll era una mala palabra. Pero la oíamos.” Al principio, recuerda que se podía escuchar sin problemas las emisoras norteamericanas, pero después había que conectarse a la FM con una antena, «pero la buscábamos y gracias a Dios, en esta ciudad es en la que más rock and roll se oye en Cuba, y nosotros competíamos por ver cuál radio cogía más la FM».
«Recuerdo estar arriba del Santa Clara Libre con cinco radios Selena y rock and roll sonando, empastillados todos. La pasábamos súper bien. Varias veces nos detuvieron por estar haciendo eso: llegaba la patrulla, nos cargaba y nos llevaba para la unidad. Pero por eso solo lo escuchábamos más todavía. No hay nada más grato que lo prohibido».
Tu familia y tus colegas te vamos a extrañar
Nuevamente la justicia se ha vuelto a equivocar.
Ocho años en “el tanque”
Después de la secundaria, su papá intentó que “entrara en cintura”, y lo matriculó en la escuela militar Los Camilitos, pero se negó a estudiar allí. Entonces empezó a estudiar Química Industrial en un politécnico en La Habana hasta que lo alcanzó el servicio militar. Recuerda que en los años 70 el lugar de reunión de los frikis era en los alrededores del Coppelia, aunque todavía eran muy pocas las bandas.

Y con 18 años, la edad más gloriosa, llegó la cárcel. «Caí preso por no ir al servicio militar durante dos meses e intentar irme para Estados Unidos en una lancha. Me cogieron casi en aguas internacionales. Estuve preso ocho años en Matanzas, salí con 26 años».
Como ya lo habían cautivado la música y la pintura, estos años de privación de libertad los empleó, además de conocer la tinta en la piel, en leer: Raymond Chandler, Mark Twain, siempre escritores norteamericanos. Estos autores lo beneficiarían más de lo que pudiera pensar en su momento, pues fue gracias a su influencia que comenzó a estudiar inglés por su cuenta. De la misma forma sucedió con la guitarra: estudió lo elemental, y se dedicó a componer tanto letra como música.
«Para mí la mejor música que se ha inventado es el rock and roll: that´s my life. Lo mejor que tiene es que es muy amplio, por ejemplo, Metallica y Pink Floyd no tienen nada que ver, y los dos son rock and roll. El grunge, el death metal, el heavy no tienen nada que ver, y todos son rock and roll. Es la música más grande, y vivo orgulloso porque coincido con el gusto de mucha gente».
And this bird you cannot change
Lord knows I can´t change
Sobre “la casa”
Cuando Angelo quiere el micrófono, pocas cosas se pueden hacer para evitarlo. Poco interesa si es lunes de bolero, jueves de trova o domingo de transformismo. Angelo ha bebido y tiene que enseñar hasta dónde llegan sus cuerdas vocales. Y canta. Casi siempre una canción inentendible debido a las dimensiones que puede alcanzar la lengua de un borracho. A veces es un tema de su autoría. A veces es una balada sureña, de esas que él nació para cantar.
A algunos del público les molesta cómo Angelo interrumpe las canciones que ellos pagaron por escuchar. Pero a la mayoría, más que no importarle, lo disfruta. Angelo sabe que en “la casa” se le permite lo suficiente tomar iniciativas como para pasar su tiempo allí desde antes que abre hasta que cierra. Y él siempre estará agradecido por ello.
«La primera vez que supe del Mejunje fue en los años 80. Por ese tiempo radicaba en el patio de la Biblioteca (todavía no era en el lugar que conocemos hoy) y era una onda como de Café Cantante, con un buen ambiente. Me colé para allá adentro y me gustó porque no era una onda farandulera, sino que la mayoría de las personas que iban eran artistas. Era otra talla. Ahí pedí una guitarra y descargué, y después de eso seguí yendo. Y hasta los días de hoy, esta es mi casa, brother. Y no es fácil hacer otro en otro lugar, porque eso lleva muchas cosas: lleva la gente, lleva que sea Santa Clara. (Y mientras se seca las lágrimas) Amo mi ciudad. This is my hometown«.

«A mí me han botado del Mejunje. Estuve como dos o tres meses que era elemento no grato, expulsado por Silverio. Llegué a la trova borracho y armé una que no me quiero acordar. Yo no sé por qué me dio por eso, si con todos los trovadores yo me llevo súper bien, y he amanecido con ellos y todos me descargan un mundo. Y muchas veces me han dado la guitarra para que descargue mis temas».
Aquello fue una onda Robinson Crusoe
La segunda incursión de Angelo al mar fue en el año 1994, durante la crisis de los balseros. Pero las cosas tampoco le salieron como él esperaba. Tal pareciera que su destino es morir en su hometown.
«Nos quedamos botados en un cayo porque la balsa se ponchó. La balsa estaba bien underground, era la armazón de una barca con cámaras llenas de ponches cogidos. Aquello parecía un columpio y éramos 14 personas. Fue onda Robinson Crusoe. Estuvimos tres días en el cayo sin comida ni agua, y teníamos que dormir dentro del agua, solamente con la cabeza afuera, porque desde que caía la tarde, los mosquitos te comían. Nos recogieron unos barcos pesqueros de Caibarién y nos llevaron para Isabela de Sagua».
¿Y después de eso, volviste a intentar irte?
«Después de eso, lo que quiero es seguir vivo».

A mi hija le gusta el reguetón
«En mi vida yo he trabajado muy poco, soy un tronco de vago. Yo me buscaba la vida con los extranjeros, les cantaba y tocaba la guitarra y ellos me daban mi dinerito. Los seis años que estuve haciendo eso fueron los únicos que he trabajado. Hoy me gano la vida comprando mazos de culantro y los llevo para Matanzas, en la lista de espera, y los vendo allá más caros. Nunca le he robado a nadie, por eso tengo las puertas abiertas en todas partes».
«Tengo una hija de 13 años con la que me llevo súper bien, y si tengo dos pesos, le doy tres. Cuando mi hija era chiquita estuve un tiempo dando clases de inglés particular y me buscaba mi dinerito, mis amistades fuera del país también me mandaban dinero de vez en cuando, y así la mantenía. Tengo otro hijo mayor en Matanzas, de 40 años, pero no mantenemos una buena relación».
«A mi hija le gusta el reguetón, pero delante de mí no lo oye. Yo llego a su casa en Camajuaní, y si cuando llego ella está escuchando reguetón, lo quita, porque sabe que no me gusta».
Soy un caminante errante
Cuando le pregunto si padece de alguna enfermedad, me dice que sí, que por supuesto mientras suelta una carcajada, que toma mucho, que si yo no lo sabía. Pero lo cierto es que, salvando su escasez de visión, perfectamente entendible a su edad, y su estrecha relación con la bebida, siempre ha sido muy saludable. Vitalidad que él atribuye a su afición por caminar.

«Camino mucho, soy un caminante errante. Yo fui de Cabaiguán hasta Placetas caminando. Una vez un socio me invitó a ir de Santa Clara a Caibarién a pie, por diversión, y yo le dije vamos. En Taguayabón el socio me dijo asere, no puedo más, y yo le dije cómo, pues te vas a quedar botado porque yo voy a seguir, yo no paro hasta Yaguajay”.
«Fui a pie también desde la Ocho Vías en La Habana hasta Güines yo solo, y con los bolsillos llenos de dinero, pero me dio por eso. Luego volví a la autopista caminando. Yo camino por gusto, salgo a caminar por la mañana sin tener que ir a ninguna parte, y me preguntan que a dónde voy, y yo les digo que no sé, que solo estoy caminando. El cuerpo me lo pide».
Yo sigo con las botas puestas
Angelo se enorgullece de no arrepentirse de nada, ya que, según él, eso no sirve de nada, y tampoco cambiaría su vida. Reconoce, sin embargo, que su mayor error fue no pertenecer oficialmente a ninguna banda. Tocó junto a Eskoria, C-men, Azotobacter, Cry Out For… pero solo los acompañaba en algunas canciones o hacía alguna suya. Nunca más que eso.
«En el caso de Eskoria, William, que en paz descanse, se metió en el mundo del rock and roll por querer seguirme a mí. Un día me dijo, siendo un niño todavía, que quería ser igual que yo, y yo le pregunté q si estaba loco, que se iba a embarcar».
«Estoy conforme con todo lo que he hecho hasta ahora, y estoy inconforme con lo que no he hecho, como haber sido un poco más responsable. Tengo deseos de seguir viviendo, porque a mí la gente me quiere: mi familia, la gente del Mejunje, que es mi otra familia, universitarios, médicos, y eso es lo que me motiva a mí».
«Aquí en mi mundo, en Santa Clara, yo sé que mi gente me descarga. Es que yo soy, de los más viejos, el que todavía sigue aquí. Yo sigo con las botas puestas, y me voy a morir así, con las botas puestas».