
A la espalda de Alex de Pazos, donde termina el escenario, el logo de Darkness Fall se estremece sobre una pantalla. Se estremece porque está animado y hace como si vibrara, pero aun si no fuera así, la música del grupo es suficiente para que sufran los altavoces, tiemblen las rejas y se aloquen los cuerpos de la audiencia.
Darkness Fall ametralla con temas clásicos, voces invitadas y, justo al cierre, cuando parece que terminan pero la gente les pide más, se reúnen por un momento y extienden su repertorio tres, cuatro, cinco, no se cuántas canciones más.
Dice un amigo de los años que no hay nada más grande para una banda que escuchar al público corear sus temas. En Cuba no ocurre a menudo, pero en Darkness Fall es casi constante. De ellos, poco nuevo que agregar: son divertidos, contundentes, profesionales. Gustarán o no gustarán, podrán llamarlos maxingueros, pero si hay algo innegable en su obra es el nivel y la constancia por años. Y si mañana dejaran de estar, poco habría que reprocharles: nadie se atreverá a decir que no lo intentaron hasta el fin.