
A lo que es en Europa el moshpit y en España nombran pogo, en Cuba, de toda la vida, se le dice hardcore. En la hardcore, que es un mar de cuerpos bulliciosos, hay que jugarla. En la hardcore —o mejor, la «jaiko»—, te empujan, te pisan, te arrastran, te sudan, te caes, te levantan, te empujan de nuevo… A veces, te abrazan.
La jaiko es una postal rara para quien de punk o metal no sabe, y no falta el que se horroriza con esa estampida humana. Está también quien la conoce, pero no le gusta; quien disfruta verla, pero no se mete; y luego yo (cámara en mano) que casi entro —¿me entran?—, me sacan —¿me salgo?—, sin querer.
La jaiko que hay en El Mejunje no es la misma que en otros sitios. El ambiente, mucho menos. Aquí, donde el punk ha crecido como el romerillo y las tarimas no existen, abundan las crestas de colores, los chalecos con pinchos y los rostros de «yo no ando en ná». Lo que más me intriga, sin embargo, es un halo intrínseco de ese patio que es capaz de empapar a cualquier banda; como si los punks que han estado entre esos muros estuvieran tocando a la vez. Porque nadie, aunque ya no esté, se va del todo…