
Los ojos de Ernesto Riol denotan la incomodidad de cuando algo no sale como espera. El micro falla, el bajo no se escucha y un feedback le arruga el rostro. Ernesto cierra los ojos, resopla molesto y regresa. No es la primera vez que el audio le juega en contra, pero esta, como ninguna, será una noche tormentosa.
El drakkar de Helgrind navega por aguas turbulentas y no luce por momentos lo imponente que en realidad es. Hace siglos, cuando una incursión vikinga no terminaba en victoria, el guerrero rara vez volvía a casa a morir de frío y vejez. Luchaba, esa vez o la siguiente, porque el Valhalla es para conquistarlo. «Un hombre», dijo Hemingway, «puede ser destruido, pero no derrotado».
Y a ese hombre, que encarna ahora un vikingo y que canta «Rusalka» al calor del verano, las tormentas lo seguirán probando esa noche y muchas más. Por suerte, no está solo: a su lado, hermanos de batalla; enfrente, compañeros de lucha. No es de extrañar que de vez en cuando, se escuche en la sala un «¡Ernesto, respira!», y la tensión se disipe un momento. Helgrind no está solo, y volverá a la conquista.