
La reja que separa a la banda del público tiembla cada vez que Orphan Autopsy lanza un riff. Sus notas simples y poderosas sacuden troncos, cuellos, cabezas, piernas —la existencia misma—, y uno se pregunta qué tienen que logran causar ese efecto demolador en la gente.
Quizás el secreto lo domine Robin, que siempre sabe dónde poner a su banda en el cartel de la noche, y arenga al público, anuncia canciones, reparte Chanceler de una botella y avisa que se grabará un video esa misma noche.
Luego, la invasión. Primero es uno el que trepa en la reja y salta al escenario. Otros suben en manada por la escalera del costado; y Orphan Autopsy ya no son cuatro, sino diez, quince, veinte, veinticinco frikis que cabecean al ritmo del slamming, mientras las luces amarillas y rojas, y el humo invadiendo la sala, hacen creer que el Maxim Rock es el infierno, el paraíso, un lugar usualmente vacío que por esta noche, sin embargo, hace recobrar la fe.