
Foto: Alina Sardiñas
No lo conocía, pero tampoco hacía falta que lo describieran. Los rockeros son inconfundibles, siempre hay algo que los desmarca del resto: el pelo, el t-shirt, las botas o, como me gusta decir, un distinguido aire de insumisión. Por otra parte, en un pueblo como Camajuaní, encontrar a un friki no es como buscar una aguja en un pajar.
Bajo los soportales apareció Roberto. Probablemente las rocas de la capa inferior del suelo se estremecen ante la pisada de este hombre pétreo. Cuando Roberto Salazar te habla y te sonríe es tan abierto y afable que enseguida olvidas que lo acabas de conocer.

Roberto me contó algunas cosas: «Cuando empecé en el mundo del rock fui criticado, pero no por los rockeros si no por los de mi propia raza que me decían: ¿cuándo se ha visto a un niche rockero…? A mí no me importaba porque yo desde niño era muy rebelde y siempre hice lo que quise sin importarme lo que pensaran los demás. A otro tipo de persona probablemente le hubiera afectado y se hubiera cohibido, pero yo no porque yo hago lo que quiero y no renuncio a lo que me gusta».
A Roberto le gusta el death metal. Un tiempo después de haberle estado haciendo fotos para mi proyecto la vida le puso la pieza más brutal del subgénero. Se la puso delante de sus ojos, en su casa, en su vida. Una tarde llegó del trabajo y encontró el cuerpo de su amigo Charles suspendido en la eternidad.

“Lo extraño de verdad, pero fue su decisión y se la respeto», me dijo ayer cuando estuvimos hablando por teléfono y me contó vivencias de ellos en la frikandá pero también en la amistad: en la hermandad que no solo se sostiene en las noches de fiesta, música y alcohol.
La tarde que Roberto nos llevó a la casa de Charles, este último me contó algo conmovedor. En ese tiempo Charles no salía pues estaba cuidando a su mamá y a su pap, muy enfermos los dos, y cuando había algún concierto de alguna banda que le gustara, su amigo Roberto la grababa para que él de alguna manera la pudiera disfrutar.
Este gesto me pareció tan hermoso… y es que el mundo de la frikandá está lleno de ellos. A lo largo de este trabajo lo he podido comprobar.
Caminando por las calles de aquel pueblo le pedí a Roberto una frase y muy a propósito del t-shirt que llevaba puesto, me dijo: «Si vas a morir, muere con las botas puestas».
*La crónica y foto principal forman parte de la exposición y serie fotográfica Light my Fire, que rescata los rostros e historias de los frikis cubanos