
Por su simbolismo como festival de rock más longevo de Cuba, y por el propio peso de su nombre, el Ciudad Metal siempre ha sido y será terreno fértil para el debate, usualmente orientado hacia los estilos y la calidad de las bandas del cartel, y una controversia que, apoyada en la épica y la nostalgia, asegura que este evento no es lo que solía ser.
Y así, entre las comparaciones inevitables, las situaciones típicas de un festival de rock en Cuba y los careos entre quienes pedían la inclusión de proyectos jóvenes y variados —Histéresis, Orphan Autopsy, Tape y Eskortey—, y los que exigían su tajada de metal extremo —Helgrind, Combat Noise, Desgarramiento, Darkness and Blizz—; transcurrió esta vigésimo quinta edición, por demás, mi primera.
Podría extenderme en mencionar las carencias del evento y analizar cuánto pudo mejorarse aún con las condiciones existentes, pero mi colega Charlie Quiroga, con quien concuerdo mayormente, ya lo hizo en Magazine AM:PM.

Más allá de ello, me gustaría apostillar que, defectos aparte y omitiendo el amargo final vivido durante el concierto de Switch, el Ciudad Metal transitó de menos a más, sobre todo durante viernes y sábado. De un conjunto de peñas en El Mejunje y un público a veces tibio en el escenario de El Bosque, se movió a una noche de puro metal con los locales Blinder y Scythe bajo la lluvia, una exhibición de profesionalidad por parte de los cienfuegueros Bouquet y una presentación tan extrema como la de Sex By Manipulation, donde hubo slam, wall of death y hasta un Yohenrry en medio del público disparando fuego desde el bajo.

Que ninguno de esos momentos borra los puntos flacos del festival es una verdad de perogrullo; y de ellos, como de los aciertos, habrá que aprender para el futuro. El devenir del Ciudad Metal, como el de la escena rockera y metalera, estará marcado por las condiciones objetivas del país, cuya mejoría a corto plazo no se vislumbra con facilidad. Quedará por ver, entonces, si tanto el fest como el movimiento serán capaces de adaptarse a los tiempos y reponerse, o se convertirán en otro recuerdo de lo que fue una vez, y ya no es. Yo, como Humberto Manduley, creo en la constancia de esta «hierba mala» y su empeño en existir.