
El cartel de reapertura de la sala Maxim Rock nos tomó por sorpresa a casi todos. Destacan en el flyer, por un lado, la inamovilidad del precio de entrada (50 CUP), una muy buena noticia para el bolsillo de la audiencia. Por otra parte, y aquí brota el conflicto, no son pocos los que preguntan: ¿por qué el escenario insignia del rock y el metal en La Habana, sede de la Agencia Cubana de Rock, inicia su actividad con un concierto de música electrónica y no con uno de los géneros para el que fue creado: rock y metal?
Desde hace varias horas, la decisión ha sido debatida por varios músicos y aficionados, al punto de calificarla un descuido y hasta un irrespeto hacia las bandas de rock y metal (que llevan casi dos años sin subirse en las tablas) y hacia los fans (que han esperado el mismo tiempo para ver a sus grupos favoritos). Por desgracia para todos, hay una realidad aplastante: la escena no le es rentable a la institución, y en un país donde la inflación monetaria y las carencias son parte del paisaje cotidiano, las subvenciones a manifestaciones artísticas minoritarias y no tradicionales (la que amamos, lo es) cada vez serán menores.
La situación refuerza la idea de que las bandas no deben esperar y depender de las instituciones oficiales, sino, también, buscar sus propios caminos mediante la autogestión. Ello no representa renunciar al espacio que ofrece el Maxim Rock (una conquista de la propia escena), pero sí abrir el abanico de opciones a otros sitios (experiencias como las de Club Turf ya existen). El público, por su parte, será determinante en lo que nos espera: de nada vale el trabajo de una agrupación si sus fans prefieren ver la película del sábado a estar en un concierto suyo.
Volviendo al tema del cartel, es necesario recordar que la peña de música electrónica no es nueva, y no nos extrañemos si en algún momento el Maxim acoge presentaciones de trova, hip hop, o alguna otra rama de la música. La Agencia, estemos claros, es una empresa, no una organización de caridad, y estar en quiebra no le conviene a nadie. Por demás, quizás sea posible ver esta «electroapertura» como un experimento para medir si resulta o no factible la entrada al precio establecido, cómo se comporta el consumo de bebidas y otros indicadores. Cronológicamente, además, el viernes de electrónica viene antes que el sábado de metal…
Mi traba, y creo que la de muchos, no es que exista la presencia de música electrónica, sino el simbolismo que entraña abrir las puertas con ella. ¿No debería el escenario del rock y metal en La Habana, empezar su programación con un concierto de rock y metal? ¿Acaso no es la entidad que debería, teóricamente, representar a ese género y sus vástagos, y hacer valer ese rol a los ojos de su público? Pienso que sí, como también pienso que si existe una página en Facebook llamada Maxim Rock, debería usarse para divulgar información oficial, como esta, y no para acumular telarañas.
Pero termino ya con el «deber ser» y les cuento lo que será: el sábado 6 de noviembre, Darkness Fall y sus invitados por confirmar «reabrirán» por segunda vez, y con una propuesta más cercana a lo esperado, la sala del rock en La Habana. Vienen con su disco Control y un Piko que está loco por dar las «buenas noches, mis niños». Lo positivo: volverán los conciertos. Veremos, por el camino, qué nos depara la «nueva normalidad».