
La cancelación del concierto de metal que debió ocurrir este sábado en el Maxim Rock y la repetida inactividad de la sala en los últimos meses, son señales preocupantes de una crisis en la escena de La Habana y el descalabro del Maxim como espacio insignia del género en Cuba.
Fundada en 2007, la Agencia Cubana de Rock representó un oasis para los frikis de la época, quienes, tras el cierre abrupto del Patio de María (2003), parecían haber hallado su lugar. Pero a quince años de su fundación, el alcance limitado de la Agencia, la falta de autonomía, la irrentabilidad económica, los problemas tecnológicos y de abastecimiento, el catálogo desactualizado, la promoción insuficiente y el burocratismo del que ella misma es víctima, han contribuido a una pérdida de convocatoria y de legitimidad, acentuando la brecha cada vez más palpable entre las audiencias y las instituciones culturales oficiales.
Resulta interesante el hecho de que en los peores momentos de la crisis económica y el flujo migratorio, la producción de rock y metal cubano esté experimentando un renacimiento en términos creativos. También, que ese despertar esté ocurriendo con indiferencia hacia empresas y entidades similares, en unos casos, y un rechazo más o menos explícito, en otros; quizás como muestra de que esta música no nació para estar atada a corsés institucionales o acatar normas ajenas a su esencia.
La nueva camada de bandas —entre las que podríamos mencionar a Orphan Autopsy, Engorgement, Hrafnsmerki, Purulent Fluid, Lugus y Black Bullet— y algunas otras veteranas, han encontrado mayor cobijo en espacios independientes o autogestionados (Jazz Café de Miramar o Bar Doble A, por ejemplo), y si bien algunas de ellas continúan presentándose en el Maxim Rock, las señales de esa plaza no son para nada positivas.
Ello encuentra un motivo, también, en el número reducido de bandas profesionales en la Agencia y el propio mecanismo del Ministerio de Cultura (MINCULT) para alcanzar ese estatus. Ahora mismo, con el fin de la carrera de Switch y TrendKill, la salida del país de Tendencia, Treatment Choice y Kamankola, las reformas en Saloma y Combat Noise, y el centro de atención de Congregation y From the Abyss en su peña, casi nadie puede (o quiere) tocar.

Al ser las bandas profesionales las únicas autorizadas a encabezar un cartel y cobrar por ello, y al verse reducida la oferta a un puñado de grupos, no siempre con una propuesta atrativa, el sentido común indica que estos no deberían presentarse con tanta regularidad, pues ello generaría una espiral reiterativa, que acentuaría la –ya mermada— asistencia. Lo opuesto, sin embargo, parece suceder con la música electrónica, el rap o los eventos otaku: son rentables, pero generan rechazo en buena parte de los frikis y desvirtúan la esencia del espacio, según ciertos sectores.
Una posible salida para la Agencia podría ser la incorporación al catálogo de grupos noveles, pero entre autorizos del MINCULT, audiciones que pueden tardar, papeles que van y vienen, inestabilidad en los miembros de las bandas y retrasos en el pago denunciados por los propios propios músicos, la situación se complica y el interés disminuye.
Mientras tanto, el decrecimiento del público parece ser tendencia en la capital, a la vez que buena parte de las provincias viven entre espacios cada vez más escasos y eventos que se cancelan. No solo se ausentan quienes han emigrado de Cuba o han dejado de consumir esa música, sino aquellos que se mantienen al margen por apatía, desinterés, prejuicios, desconocimiento, problemas de economía y transporte, o porque la música, en calidad, no los convence.
Hace ya unos días, un amigo músico me decía con tristeza que la escena en Cuba «no muere, se va». Otro, un librero que sí vive en Cuba, me decía que si bien algunos se van, muchos siguen aquí, y los vacíos que unos grupos dejan, serán tomados por otros. Ambos, en realidad, tienen su punto.

No será esta la primera ocasión en que el rock y el metal cubano sufran los estragos de la crisis económica o la migración (de hecho, los ha enfrentado casi de forma permanente). Pero esta vez, quizás como nunca antes, predomina el pesimismo. Si bien los embates de los 90 demostraron la fortaleza del género y el apoyo incondicional de un público en actitud militante, el escenario actual muestra una nueva oleada de bandas que intenta subsistir en un país con carencias y un mundo donde el rock y el metal dejaron de ser tendencia. A la misma vez, tengo la impresión de que cada vez son más los que asumen a la música como producto cultural, pero no asimilan la ideología o la forma de vida de la misma manera que los frikis de hace dos décadas.
El rock cubano en general y el metal en particular, han demostrado su resiliencia durante décadas, y creo que aún en la zozobra, siempre habrá alguien dispuesto a crear un grupo y otros dispuestos a apoyarlo. Desearía, sin embargo, que resistir al extremo deje de ser la regla y podamos crear un futuro de aspiraciones, y no de desesperanzas. Porque aun cuando muchos cultores del género ni siquiera aspiran a vivir de sus creaciones, el amor por el arte o la voluntad de hacer no siempre alcanzan, cuando abundan la escasez y las mentes cerradas.
Que quien quiera tocar, pueda; que quien quiera cobrar, lo haga; que quien quiera hacer un sello, emprenda; que quien quiera asociarse, también. Que si haya empresas, aporten. Que si haya agencias, tengan autonomía. Que no haya que esperar por todo y los prejuicios no frenen los cambios. Ojalá, en el futuro cercano, las trabas sean menos y las puertas sean más; el público apoye y nos abramos más al mundo; que el trabajo sea conjunto y exista oportunidad. A ver si la escena que hoy se va, se nos queda, o al menos, se nos vaya menos…
Una versión ampliada de este texto fue publicada en la revista AM:PM