
Sin muchos rodeos, pues la pregunta del titulo ya lo dice todo, compartiré algunas de mis impresiones sobre una de las interrogantes que más preocupan a los seguidores del rock y el metal en La Habana.
Primeramente, recordemos que el Maxim Rock, así como la Agencia Cubana de Rock, tuvo su génesis en la lucha de los frikis por conseguir un espacio para el género tras el cierre del Patio de María (2003), el templo por excelencia del rock y metal en La Habana durante más de 15 años. Para estos frikis, la creación de la Agencia —con el propósito de defender, representar y apoyar al movimiento— constituía una esperanza de preservar la escena, además de ofrecer la posibilidad de cobrar un salario a las agrupaciones que así lo merecían.
A la larga, la dependencia al Ministerio de Cultura, los recortes de presupuesto, los episodios de corrupción, el alcance reducido a prácticamente La Habana, y muchas veces, el desconocimiento o el desinterés hacia el rock y el metal, propiciaron que ese sueño fuera decayendo. Igualmente ha influido el hecho de que el rock y sus vástagos no son manifestaciones culturales mayoritarias, no tienen la fuerza de los años 90 o 2000, y casi nunca son rentables. Y la Agencia, en definitiva, es una empresa.
La generación actual —y con esto me refiero a aquellos que quizás fueron por primera vez al Maxim Rock luego del 2019—, se encontró con un espacio que si bien tiene potencialidades, muestra muchísimas carencias. Estas últimas, además, se han hecho más evidentes con el pasar del tiempo y la agudización de la crisis económica en Cuba. Ahora mismo, quien debute como espectador, se topará un sitio donde la promoción es muy poca, los técnicos hacen magia con equipos obsoletos y las ofertas de la barra son pobres.

Si a ello le sumamos que una parte de las bandas mantiene la mentalidad de tocar por tocar (cuando le corresponde, y apenas variando su repertorio, visualidad o proyección), caemos en un problema de monotonía y acomodo. «Yo soy grande y me irán a ver, haga lo que haga», piensan algunos. Sin embargo, la práctica está demostrando, hasta cierto punto, lo contrario: un espectador bien puede disfrutar el mismo concierto una o dos veces, pero probablemente, se lo pensará antes de ir una tercera.
Por otro lado, son muchos los que critican la falta de apoyo del público a las agrupaciones locales, un hecho basado en las razones mencionadas y en otras que provienen de factores tan básicos como la precariedad económica, la situación con el transporte y la poca falta de espacios en lugares menos céntricos. Más allá de eso, la propia estructura institucional cubana ha atentado contra la existencia de una industria de la música (en cualquier género) y ha provocado que el arte y los artistas no sean lo suficientemente valorados.
Ello se refleja desde las dificultades de los grupos para lograr el estatus de profesional, hasta las negativas de varios fans a comprar discos o pulóveres de bandas nacionales, porque «bastante que estoy pagando para ver tu concierto». Si a eso sumamos el hecho de que varias peñas y festivales se han mantenido gratuitas por años, ¿cómo exigirle después, a esos que entraron sin pagar a un sitio, que gasten 50, 100 o 150 pesos por ver a la misma banda en otro lugar?
Esta tarde, un usuario mencionaba la actitud de los metaleros que no entraban al Maxim a ver una banda de rock, una situación que también ocurre a la inversa. Más allá de que el friki cubano puede considerarse como un individuo con determinadas preferencias o limitaciones, por lo que pocas veces asimilará una propuesta fuera de su área de confort, habría que preguntarse: ¿acaso es culpa del fan metalero que el público de una banda de rock no haya ido al concierto de esa banda? ¿Tiene entonces ese público que llenar el espacio del que no fue? Sinceramente, no lo creo. Si una agrupación tiene seguidores fieles, lo más lógico es que estos los apoyen en cualquier parte, y en ello influiría bastante el tema promoción, sin dejar a un lado las condiciones de la banda o el lugar.
Dos posibles explicaciones radican en que los públicos son más fieles a los lugares que a las bandas, y que por mucho que uno quiera pensar en una única escena o un único movimiento, no es así: rock es rock, punk es punk, metal es metal, core es core; y no es la norma que alguien disfrute de todo. Entran ahí, por supuesto, desde el propio acto de educarse en términos musicales, hasta el mismo vacío de espacios que existe para niños y adolescentes. ¿Qué alternativa tiene un aficionado al rock de 12, 14 o 16 años, que no sea convivir con la música urbana o, a lo sumo, ir a un evento aislado al aire libre o intentar colarse en el Maxim?

Volviendo al tema de la Agencia, debo señalar que en tanto la empresa siga siendo una unidad dependiente del Instituto Cubano de la Música y el Ministerio de Cultura, y sus directivos y trabajadores (músicos incluidos) carezcan de la autonomía para poder cambiar lo necesario, el sitio difícilmente experimentará mejoría. Y una empresa sin beneficios económicos, será una empresa condenada a recibir cada vez menos ayuda, e incluso, a desaparecer. ¿Tendrán que acudir las bandas a la autogestión, como el resto del mundo? ¿Existirá la voluntad para cambiar la empresa a una cooperativa o una forma de gestión alternativa? ¿Estarían preparadas las autoridades culturales para otorgarle mayor autonomía a músicos de un género históricamente conflictivo? ¿Sobrevivirán los grupos a la crisis económica y el fenómeno migratorio que vive Cuba hoy?
Sin dudas, son preguntas que pocas respuestas encontrarán ahora mismo. El tema da mucho más de que hablar, y estas son apenas algunas reflexiones personales. Solo el tiempo, y nuestras acciones, nos dirán qué le depara el futuro al rock y el metal en nuestro país.