
Los tempranos años 90 en La Habana nocturna y alternativa fueron de una creatividad explosiva. No haré una panorámica detallada; sólo diré que floreció un submundo urbano donde el rock tuvo su mejor temporada. Una de las diversas aristas que se cultivó fue la de unificarlo con la trova desde posiciones de igualdad. Antes existieron experiencias aisladas, pero la década final del siglo XX cambió eso. Uno de los proyectos más interesantes fue el liderado por Vanito y Alejandro Gutiérrez bajo el nombre de Lucha Almada.
Ambos habían formado parte de la peña de 13 y 8, y luego se dedicaron a cantar por aquí y por allá, a guitarra pelada, hasta que decidieron unir fuerzas y formar una banda de rock and roll a la que llamaron Lucha Almada. Su sonido electrificado mezcló rock con trova, funk y lo popular bailable. De alguna manera, consiguieron que el sello Bis Music se interesara, y de ahí nació Vendiéndolo todo. En él, ambos cantautores se repartieron autorías: seis temas cada uno. Algunos ya los había escuchado en las descargas por ahí, y aquí tomaban otros ropajes. Los de Vanito acusaban el sonido grunge que pegó fuerte en Cuba.
La declaración de principios que era “Luz y no son los 70” se completaba con “Rocka Cola” y “El que lo coja es suyo” con guitarras sucias y letras cáusticas. Bajaba un poco el voltaje “Queriendo que te sientas bien” y “Yo no te enamoro”, que no estaban nada mal, y en mi favorita, “Insolación”, interpretada con un hilo de voz, pero un chorro de sentimiento. Por su parte, Alejandro regalaba la medular “RockaSon”, cuyo título representaba las influencias que permeaban no sólo sus temas sino también los de sus antiguos colegas de 13 y 8. Similar carril transitaban “Generación” y “Porque hay cosas que se van y ya”, mientras “El hueco”, la primera de las múltiples versiones de “Ella prefiere”, y la más lírica de todas, “Conversación con María”, balanceaban un material que, si en algo destacaba, era en su poética.
Pienso que lo más significativo del disco descansaba en su valor literario, testimonial y vivencial, con frecuentes referencias, apropiaciones y citas, que no desentonaban con el discurso original. Nunca antes (y me atrevo a decir que nunca después) el rock hecho en Cuba parió un disco tan visceral y descriptivo sobre su época. Hay versos que, desde entonces, son patrimonio de la contracultura nacional. Ya lo decían Vanito (“tanta fe trunca”) y Alejandro (“nada peor que un sueño hecho pedazos”). Eduardo Kairús en guitarra, Ángel Pérez como bajista y Gerardo Díaz en la batería, más un puñado de socios e invitados (Alejandro Frómeta, Carlitos Santos, Amed Medina) armaban una instrumentación precaria por momentos, sin desvirtuar la fuerza de las composiciones.
Llevé a Vanito y Ale a mi programa de radio: nos divertimos hablando. Según recuerdo, no hubo concierto de presentación del CD. Para cuando salió, creo que ya los dos andaban por Ecuador, o en planes. Por suerte, antes de irse, tuvieron una temporada de presentaciones en la antigua Casa del Joven Creador en la Avenida del Puerto habanero, a partir del candente verano del 94 que había iniciado con la estampida de los balseros.
Quien no vivió aquellas noches, quizás no calibre el impacto real de unas canciones que retrataban la utopía desmoronándose entre el calor, el hambre y las inservibles consignas. Allí pasaba de todo, y bien. Si se buscaba el lado tranquilo, tenías alegría para alejar el cansancio, afectos que forjaban complicidades, y amores que recargaban las pilas. Si querías irte de rosca, había alcohol, merca y yerba. Para (casi) todos los gustos. Entre sus viejas paredes se presentaron también Boris, Medina, Superávit, Kelvis y Athanai; Narah bailó, Piñol hizo coros, yo tomé fotos y hasta grabé un casete que el mar se tragó (no es metáfora). Todos (y me refiero a todos) cantábamos en un desafine hermoso y demencial. Nos creíamos libres por unas horas, incómodos, descamisados, anárquicos.
Afuera, la ciudad pugnaba por sacudirse la vieja piel, manejando a duras penas el infausto Período Especial. Éramos islotes de supervivencia, a la deriva. De aquellos momentos quedan pocos amigos en La Habana para hacer el cuento. No puedo evitar escuchar Vendiéndolo todo y no recordarlos. Se fueron, nos fuimos, siguen allí o murieron: barajas de un mazo lanzado al vuelo, polvo en el viento. Toca aprender a convivir con eso. Y regresar al disco cada vez que se pueda. “Porque hay cosas que se van y ya, ya no vuelven más”.