
La última vez que vi a Congregation en concierto, me había escapado de un turno vespertino en la universidad para llegar temprano al Club Turf. Corría el año 2017 (o quizás 18), y mientras el Maxim Rock se perdía en los recuerdos, aquel cucurucho en el medio del Vedado era uno de los pocos sitios donde aún se respiraba metal en La Habana.
Hay cosas que poco o nada cambian con el tiempo y esta agrupación parece ser una de ellas. Su show es potente, directo y sin parafernalia. No se mueven mucho de sus puestos —salvo por Leandro, el vocalista—; y la propuesta sigue siendo un death metal a la vieja usanza: llego, toco, te parto el cuello, me voy.
Congregation nació en la escuela del Patio de María, hace ya 22 años, y conserva ese halo de lo simple y poco elaborado de muchas bandas de fin de siglo. No hay sutileza en «Hunger for Flesh», «Necromachinery» o «Dead Future»: es música extrema y punto. Quienes vayan buscando eso, de seguro estarán satisfechos con la pincha de estos veteranos.