Llegado el momento de dar el primer acorde, hubo duda. Aunque los escenarios le eran familiares, esta era la primera vez que se encontraba tocando para sí. Llevando una banda genuinamente suya y no un grupo de alguien más para quien tocaba la guitarra. Dudó de qué poner. ¿Era el si menor ahora? ¿O era la con séptima y cuarta suspendida?
El repertorio había sido ensayado de forma exhaustiva. Era julio y los primeros ensayos tuvieron lugar en marzo. No podía alegar que se había olvidado de los temas, ni siquiera que los conocía por arribita, puesto que se trataban de sus propias composiciones. Su voz interior le recordó que, para ser tan exigente con sus compañeros de banda, él, director del grupo, tenía que dar el ejemplo.
Las canciones tienen que salir de forma instintiva, decía. De ahí su insistencia en ensayar y ensayar, y estudiar, y ensayar otra vez. Para que cuando el cerebro dudara entre si menor y la con séptima y el demonio, los dedos solos se posicionarán en el acorde correcto por pura memoria muscular.
Pero ahora, la duda se lo comia. Tenía la memoria RAM cerebral llena. Estaba nervioso. Estaba estresado. Estaba de pie. Tenía su instrumento en mano. Se halló de frente al público. Eran las diez de la noche.
Todo hubiera ido bien si el concierto hubiera comenzado a las ocho, como lo anunciaba el cartel. A esa hora sí se encontró fresco, vestido, maquillado y listo para tocar; y el lugar estaba lleno de frikis entusiastas que salían y entraban, conversaban en grupitos y se reían haciendo gala del disfrute que les ocasionaba ir a un concierto de metal extremo. Pero todo frente a un escenario notoriamente vacío.

«Que sea lo que vaya a ser, se dijo. Esto es metal progresivo; si pongo el acorde que no es, diremos que es armonía vanguardista».
Dejó a sus dedos formar un si menor sobre el diapasón de la guitarra y rasgó las cuerdas procurando que no sonara demasiado tembloroso. Las diez cabezas que quedaban, agrupadas en pares o tríos desperdigados por la sala se voltearon y pusieron su atención en el concierto que acababa de comenzar.
Fue un choque. Ese inicio fue como lanzarse al agua fría luego de pasar mucho tiempo en la orilla. Una sensación de alivio arrepentido tras el impacto. Ordo ab chao. Dejarse llevar por la música. Estar suspendido en el instante en el que el arte sale sin más.
Claro que había puesto el acorde equivocado, lo notó al instante. «Pero un error solo es un error si uno actúa como tal». Se movió fluidamente hacia el acorde siguiente; luego al otro, luego al riff. Y cuando la pieza llegaba a su fin, notó que, en verdad, no oía nada.
El éxtasis terminó. Se llevó una mano a cada oreja y retiró ambos tapones que llevaban religiosamente a cada concierto. Se tanteó el muslo en busca del bolsillo hasta que encontró la apertura en la tela y dejó caer las bolitas de silicona en su interior.

Arrancando el segundo tema, no había más duda. Nada de vacilar entre el la y el si o los acordes con séptima, sus dedos se deslizaban sobre las cuerdas cual si un demonio se hubiera instalado en sus nudillos y tratase de traer al diablo mismo para bailar sobre el escenario. Cuando se acercó al micrófono, sintió los versos brotar de su garganta, los escupía con la furia de una erupción volcánica haciendo estallar una isla. Como si fuese la onda sísmica del Krakatoa dando la vuelta al mundo otras tres veces.
Pero algo estaba fallando. Y no fue hasta que terminó de cantar la primera estrofa que constató que aún no oía nada. O mejor todavía: que oía demasiado.
El altavoz de referencia le devolvía el sonido de su guitarra con un volumen tal que solo se escuchaba un amasijo de distorsión gigantesca en el que ninguna nota se distinguía. Era como tener un muro de ruido tapando el canal auditivo y, recostadas al cual, las ondas sonoras se peleaban por recibir atención.
Buscando salir de las fauces de todo el ruido que lo agobiaba, caminó hacia su izquierda. Trataba de poner la mayor distancia posible entre la maldita referencia y su ser, pero la necesidad de estar cerca del micrófono se lo impedía. Cada vez que cantaba, sentía una punzada que le atravesaba el cerebro de lado a lado y lo clavaba en una figurada cruz sónica.
¿A quién se le ocurre tocar sin hacer prueba de sonido? Tal parecía que a él. Porque cuando le llegó el momento de la prueba de sonido —siendo su banda la primera en tocar, la tradición dictaba que era la última en probar sonido—, se había agotado el tiempo que La Madriguera había brindado y una obra teatral se representaba en un salón aledaño, por lo que quedaba prohibido hacer ruido en el recinto.
De momento se vio parado sobre el escenario en el más absoluto silencio mientras los sonidistas se retiraban dando por concluido el trabajo.
La salvación llega de formas extrañas a veces. Ese día tenía la forma de un joven, contemporáneo suyo más o menos, que los hizo subir al escenario para una prueba de sonido en silencio. Mirando el indicador lumínico de la consola, aniveló y ecualizó las guitarras, bajo y batería. Ni un mosquito zumbar se oyó mientras obraba. «Y la voz se queda para cuando rompan con el primer tema», concluyó sonriendo.

¿Quién hubiera previsto que problema sería el volumen de las referencias? ¿Quién se hubiera imaginado que sería su guitarra la que eclipsaría a todo lo demás, haciendo del escenario un enjambre de ruidos sin cabeza ni alma? Consigo cargaba la certeza de que jamás había tocado tan mal en su vida. Esa idea se le había colado bajo la piel y lo hacía arder.
Volvieron al micrófono y presentaron la canción siguiente. Lo agarró con la mano derecha y gritó sobre la membrana. Supo que gritó porque lo sentía con cada músculo de su cuerpo. El abdomen se tensó, los dorsales se contrajeron y sintió la vibración en sus cuerdas vocales, pero no escuchó nada. Se puso furioso. Le pitaban los oídos. Le aleteaban las fosas nasales.
Puso todo su enojo en la música. La experiencia le había demostrado que cuando el audio impide el buen desempeño, había que suplir con actitud. Se acercó al borde del escenario y puso un pie sobre la condenada bocina de referencia. Lo hacía más por sí mismo que por el público, al cual trató de echar un vistazo breve. Las luces le impidieron ver a más de quince centímetros del borde de la tarima.
Lanzaba su cabeza de adelante hacia detrás al ritmo atronador de la marcha, y con cada golpe, más se enfurecía. Pulsaba más fuerte las cuerdas con la púa, apretaba el brazo de la guitarra como si quisiera partirlo, ¡resoplaba a contratiempo! Por un momento, miró hacia la mesa de sonido, harto. Volteó la cabeza hacia su otro guitarrista, buscando un gesto de empatía tal vez. No encontré sino la desoladora perspectiva de un escenario vacío, su par en el otro extremo ocupado en sacar lo mejor de su instrumento.
Detrás del kit no había nadie, la batería era secuenciada. Una pista en mp3 mono para cada bocina y todos los músicos tocando encima de eso. La idea de verso ridiculizado por mano propia en el debut de su nueva banda lo hacía doblase de impotencia. «Más cabeceo, más púa» se dijo, «más actitud y una muerte digna».
El bajista había decidido marcharse de la banda una semana antes del concierto. Los siete días que precedieron al justo instante en el que se encontraba habían sido de correr de arriba abajo para secuenciar el bajo junto al tambor. Decir de esa empresa que fue exitosa lleva un grandísimo a penas: tuvieron que reducir el setlist a menos de la mitad del tiempo que tenían previsto originalmente.

No pudo más. Un concierto atrasado por dos horas, sin sonido, sin músicos, sin público. Entre un cabeceo y otro, las lágrimas le saltaron a los ojos. La frustración era tal que quería lanzar la guitarra por los aires e irse a un rincón a golpear las paredes y sollozar hasta olvidarse de la banda, el concierto y la música. Pero a su disposición no tenía nada más un espacio vacío y un solo de guitarra para aliviarse. Y eso hacía. Ponía todo su cuerpo en las notas. ¡Qué importaba ya que estuvieran fuera de tiempo o de tono!
Con la última pieza, juró que podría caer muerto. Que soltaría todo lo que le quedaba por adentro. Esa canción fue la más frenética de todas. La más agresiva, la que cantó y tocó para denunciarlo todo. Para quedar vacío de verdad. Un ataque de rabia llevó a partitura, sin grandes contratiempos porque una vez en el fondo, no se puede seguir bajando. Terminó su última alocución, su ultima ratio regum, con un gruñido digno de los abismos lovecraftianos más insondables y las luces se apagaron.
La Madriguera, repleta que se desbordaba se unió en un estruendo de aplausos y ovaciones para Lugus, que acababa de entrar en la escena metalera con una patada a la puerta; y cuyos dos integrantes jadeaban atónitos ante el auditorio que parecía haber perdido la cabeza y que empezaba a recuperarla. Los gritos y silbidos sobrepasaban el tinnitus temporal que les invadía los tímpanos, y en ese momento entendieron que el metal es más que tocar la música: es una actitud ante la vida, la voluntad de no caer sin una última pelea, y se forja a martillazos sobre las brasas.
(Este texto fue publicado originalmente en la revista El Caimán Barbudo)
