Tuve que naufragar,
perderme y luego fracasar (…)
Extraño Corazón – Confesiones de un Náufrago
En lo que sus colegas de juerga describirían con añoranza como «aquellos maravillosos 90 y 2000» —tiempos de gloria que no volverán—, Javier Rodríguez era un tipo con hígado de camionero, capaz de dispararse el ron más malo como si fuera el mejor Bacardí, y salir directo de una entrevista en televisión nacional a una cantina del barrio, para matar el tiempo con los borrachos de turno, escuchar sus tristes historias y conversar sobre la intrascendencia de la vida, lo mala que estaba «la cosa», o cualquier otro tema que se le ocurría a un friki guitarrista, líder de una banda de country rock y bebedor de larga data, en un país y una época donde el mejor remedio para un inadaptado al sistema, era nunca estar sobrio.
Durante sus años de whiskey man —sin dejar de estar pendiente de su hija Wendy—, lo suyo era tocar, tomar y templar. Como una estrella del rock que repasa sus memorias, lo reconocerá sin vergüenzas como algo natural de la época: su apartamento en el Vedado era un sitio de reunión permanente y local de ensayo, donde el sonido de las fichas de dominó, la gente entrando y saliendo, y la música rock en las madrugadas, recreaban la atmósfera de un bar abierto las 24 horas. Eran tiempos de beberse hasta tres botellas de ron él solo y de vivir hoy sin pensar en el mañana.
Pero la vida de kamikaze eventualmente pasaría factura, y después de una racha salvaje de días y noches de excesos, superó los límites y por poco no hace el cuento. «Si existe la muerte, yo le vi la cara. Sin alarde». Tres días en su cuarto vomitando —«no tomo más nunca, cojone…»— y al final del túnel, cuando parecía que estaba más para allá que para acá, su voz. La de ella diciéndole «Creo que estoy embarazada»; y Javier Rodríguez Delgado, fundador de Extraño Corazón, primer friki «de la calle» en grabar con una disquera cubana, hijo renegado de militantes comunistas, se prometió a sí mismo que ni una gota más de alcohol, coño, ni una; porque si la vida le daba otra chance de ser padre, esta vez, lo iba a hacer bien desde el principio. Empezaría desde cero, tú vas a ver. Se iba a tomar la banda tan en serio como pudiera y grabaría un disco para la posteridad. A lo mejor era el mejor de su carrera. Vete a saber tú…

—¡De pinga el polvo, bróder, con esta gente aquí construyendo! —se queja Javier al notar, por quién sabe cuántos días consecutivos, la capa grisácea de cemento sobre el borde de su ventana.
Un paño húmedo pasa lento por la superficie, pero en un rato, volverá a estar igual. A solo metros del apartamento donde vive con su madre enferma de Alzheimer, su esposa —«la científica»— y su hija de trece años, se erige una mole de 600 habitaciones y cristales oscuros que, con el nombre de Hotel Grand Aston, hará más notable la desnudez de La Habana. Frente a la obra, en línea recta hacia el norte y detrás de un edificio de microbrigadas, el mismo malecón que el guitarrista se cansó de recorrer, guitarra o botella en mano, más noches de las que podría contar.
Estamos en su cuarto, en el fin de año de 2021, por una razón tercermundista: Javier había regalado a un amigo la única copia que le quedaba de su disco Confesiones de un Náufrago, sin saber que en las tiendas estatales, aquel CD de Extraño Corazón se iba a convertir en una rareza. Y yo, que lo había encontrado por casualidad en una tienda de Artex, se lo llevaba.

Pero al tocar la puerta y preguntarle a la señora canosa: «Buenos días, ¿Javier está?», me toparía con un «No. Él salió», y la puerta de madera cerrándose en mi cara. Un rato después, tras haber llamado por teléfono, confirmar que sí estaba y regresar por el mismo pasillo, el guitarrista me explicaría que pensó posponer el encuentro para dedicarle el martes a la niña —«que ahorita está grande y ya no será lo mismo»—, pero se olvidó por completo de avisarme.
—Pero, tranquilo, flaco… Siéntate ahí, que voy a hacer un café —dice señalando al sofá y enseguida se emociona—: ¡Deja que oigas cómo está quedando el disco!
Se refiere, por supuesto, no al que tengo en la mochila y costó menos que una pizza criolla, sino al otro, el que viene en camino, que será el último de Extraño Corazón—«ahora sí, de verdad el último»—. Porque el Confesiones de un Náufrago, que en su momento pareció el final del grupo, despertó en Javier el bichito de grabar un disco totalmente sinfónico y lo hizo meterse en el estudio por tres años, incluyendo los dos de coronavirus. Pero el álbum Himalaya —que aún estaba sin nombre— no tiene apuro en salir: nace y crece al ritmo que dicte «el Universo» y según lo propicien los humos de «la pipa de la Paz», en sesiones de escucha, iluminación, arreglos improvisados y más iluminación.
Javier, perfeccionista a morir, le quita, le pone o le cambia algo casi siempre y Tiago Felipe se encarga de organizar, desechar o multiplicar el aparente caos. Son ya tres décadas de Extraño Corazón —unas más fantasmas que otras, pero sin dejar de componer—, y el tiempo, el implacable, lo nota en su cuerpo de cincuentón: «Las manos me pasan factura, unos calambres de pinga, que me sorprenden cuando menos lo espero y a veces tengo que soltar la guitarra del dolor cuando solo voy por la segunda canción. La verdad, no me veía de “temba” arriba de un escenario».
El sonido del café colando interrumpe el pensamiento y mi anfitrión va a servirlo. Su anciana madre da las gracias desde el sillón y toma la taza, sonriente.
—En mi familia, yo era la secretaria ideológica del Partido Comunista en el municipio Plaza —empieza a recordar de la nada—, y a cada rato me iban a ver los agentes de la Seguridad del Estado a mi trabajo para que le echara un ojo a Javier… Yo les decía: «Caballero’, el flaco es músico. Le gusta eso: el rock and roll, pero no hace nada malo… Además, es mi hijo… ¿Cómo no lo voy a defender?».

El protegido la observa como quien mira a un niño pequeño y recuerda las veces que acudió a su madre para sacarlo de un problema o una estación de policía. Javier sabía que echándole para arriba a los agentes del orden una ultracomunista como ella, iban «a cagar pelos» y dejarlo ir. Era consciente de su privilegio, uno que muchos de sus amigos frikis —presos por melenudos o revoltosos—, jamás tuvieron. Y aunque trató de «enderezarlo» en la adolescencia y siempre lo comparó con su difunto hermano —«él, el rey, yo el friki»—, la madre reconoció su fracaso de adoctrinamiento y terminó aceptando al rebelde que se subía las mangas de la camisa escolar y se ganaba con eso una «R» en «porte y aspecto», al flaco que descifraba canciones y revistas en inglés con un diccionario bilingüe, al friki en potencia que era buen estudiante cuando quería, pero al que poco le importaba ser pionerito destacado o responder a los llamados de la Revolución.
—Yo me cago en la madre… de todos los comunistas que tanto daño le han hecho al país y que humillaron a esa que está ahí —dice con parsimonia—. Me cago en todos, menos en ella, claro, y en mi papá, que en paz descanse. El viejo, porque nunca me quiso meter nada en la cabeza y siendo quien era, jamás me habló de política. Y ella, porque siempre estuvo ahí, si no…
—Es que tú eres el producto mío —lo interrumpe en tono dulce—. Si estás defectuoso, ¡imagínate!, soy yo la culpable…
—¡La culpable es la sociedad, mami! —responde con el hastío de quien lo ha explicado mil veces—. Y no es defectuoso. Los que están defectuosos son los otros…—se da un trago largo de café, recoge las tazas y señala el cuarto—. Echa pa acá, flaco, que te voy a contar dos o tres cosas… Pero antes… —tranca la puerta, sonríe con los ojos, y saca una cachimba y una fosforera—: vamos a fumarnos la pipa de la Paz…
Con el Keko se juntó en los noventa, empezando el Período Especial. Rockero como él y con poco más de 30 años, Roberto Fajardo Sigaray era un técnico reparador de viviendas que escribía canciones, tocaba la armónica y cantaba, en la misma época y lugar en que Javier, de 28 años, era un técnico reparador de viviendas que escribía canciones, tocaba la guitarra y cantaba. Pero hay una sutil diferencia entre cantar y ser cantante. Javier la notó cuando el Keko lo hizo frente a él y dejó escapar sus demonios vocales. Vio entonces a un tipo grande y quizás con futuro: un Robert Plant insular con el que darles vida a sus letras y por lo menos, tocar para los socios.
Así nació el germen de Extraño Corazón, alimentado en sus primeros pasos por amigos, conocidos, desconocidos, músicos de trayectoria y curiosos observadores, muchos con la exigencia, disfrazada como consejo, de convertir al dúo acústico en una banda. Para Javier, que había pasado como detenido temporal o «acompañante» por unas cuantas estaciones policiales, desprenderse de las marcas de exclusión era un paso difícil, pero necesario, para cumplir el reclamo de su público. Años después, en una entrevista, confesará que debió borrar rápido esos estigmas, porque para lanzar al grupo «tenía que quitarme de encima cualquier sentimiento de marginalidad», aun cuando «el pueblo era indiferente a lo que pasaba y a veces, incluso, apoyaba las detenciones arbitrarias».

También dirá, en esa y otras ocasiones, que Extraño Corazón tuvo algo de suerte, un poco de magia o la alineación del Universo a su favor. En apenas un año, el dúo fue «descubierto» por varios músicos y productores que le tirarían más de un cabo, y conectó con una audiencia in crescendo.
Su sonido era un cóctel de rock, country y blues, y sus letras, poesía de momentos bohemios, conflictos íntimos, nostalgias y desilusiones: vidas en las que poco a poco se abrían paso las noches de rebelión, de sexo y de rock and roll; y al fondo del vaso, cuando el alcohol lo superaba y la cabeza le daba vueltas como una ruleta, Javier ya no era Javier, sino el mismísimo Jessie Rainbow, un cowboy criollo que cabalgaba de canción en canción con el sueño infecundo de hacer justicia por sus manos y hallar la verdad en una ciudad de hipócritas, ladrones y corruptos. Y todo aquello —cada concierto, bronca, logro o conquista amorosa—, registrado a mano por Javier en los diarios de la banda, que nunca nadie ha leído hasta hoy y que probablemente, nadie leerá: «Esto está… pa darle candela, bróder… Pa darle candela».
Pero lo guarda por ahora, quién sabe por qué, con el mismo cuidado que sus fotos, pistas de audio y videos de conciertos. Uno de sus favoritos ocurrió a mediados de década en el Teatro América, cuando él y su tropa abrieron la noche para el grupo Rhodas. Ni los anfitriones camagüeyanos ni el público de la sala, esperaban lo que sus ojos presenciaron. Justo en medio de la canción «Santa Fe», que inicia con redoble americano y unos versos que rezan: «Pueden condenarme/ total, me da lo mismo. / Pueden creer que soy el diablo u otro ser;/ todo por querer / un poco de poder / y un ranchito alegre en Santa Fe», par de tipos pelados a rape y vestidos con guayaberas invadieron el escenario y apresaron a Keko por la fuerza.
El video continúa con Javier soltando la guitarra y una chica (su novia y mánager por aquel entonces) que lo coge del brazo y pone su cuerpo en medio para impedir más conflictos. Desde el público: silbidos, reclamos, gritos de «¡singaos!», «¡déjenlo libre!» y «¡me cago en sus madres!»; amigos frikis que corrieron hacia el backstage a liberar al cantante; y este, de la nada, reapareciendo desaliñado sobre las tablas, con esposas aún en las muñecas y retomando el show donde había quedado. Porque eso, al final, fue lo que era: una puesta en escena que Javier preparó al dedillo con dos o tres amigos y un juego de esposas plásticas de juguete, que la banda ensayó varias veces y en secreto, en la sala Atril del teatro Karl Marx. «Yo era fanático a KISS al espectáculo, a la adrenalina», se justifica, y evoca la reacción de los Rhodas al verse «desafiados» por sus teloneros:
—Después de aquel momento —asegura—, no querían salir al escenario. Yo creo que dijeron: «Los cabrones estos nos pasaron por arriba…». ¿Pero tú crees, flaco, que yo me iba a entregar así? ¡Había que aprovechar el espacio y demostrarle al público quiénes éramos nosotros…!
—¿Y tocaron?
—¿Que si tocaron? —repite riéndose—. ¡Tocaron bien con cojone! Les quedó buenísimo el show… Por suerte, tampoco nos buscamos ningún lío con lo del arresto y volvimos al América en el 96 ya con nuestro propio show, «El regreso de Jessie Rainbow», uno de los conciertos históricos del rock cubano —levanta el índice, convencido—, lo admitan o no lo admitan los metaleros. Fíjate, ni Zeus… Aquí los grupos de rock que metieron conciertos duros en teatros fueron Havana y Extraño Corazón. Pa que tú lo sepas…
Ignorando el dolor de cabeza producto de la noche anterior, Javier Rodríguez levantó el teléfono y puso atención a la voz: los grupos de rock iban escalando en la Cuba del 96, y la EGREM, Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, quería preparar un disco con lo mejor del momento. ¡Y vaya que sonaban cosas buenas!, pensó: Cetros, Paisaje con Río, Zeus, Cartón Tabla, Lucha Almada y muchos más.
—¿Qué hay que hacer? —preguntó.
—Una audición.
El día de la prueba, el jurado de la disquera llegó serio y puntual al patio de casa de Keko. En un escenario sencillo, usando «amplificadores de mierda» y con varios palos de ron encima, el grupo empezó a tocar. Cuando iban por la tercera canción, un incógnito José Manuel García, subdirector de la EGREM, hizo el gesto con la mano para que pararan, y Javier, medio borracho, pensó: «¡Pa’l carajo, estamos fritos!». Pero el hombre aclaró que no, compadre, que paren, que eso está volaísimo; y Extraño Corazón pasó a integrar el compilatorio Saliendo a Flote (1996) y ser de los primeros grupos de rock editados en Cuba.
Pero el éxito de la banda venía acompañado por el ego, la ambición y la discordia. Keko y Javier se separaron luego de que el primero intentara unirse a otro proyecto y el segundo dijera que no. «Para que la banda avance, todo el mundo tiene que estar puesto para lo mismo, todo el mundo en una sola banda», pensó el guitarrista en aquel momento y sigue haciéndolo hasta hoy. «Siempre he sido celoso con mis músicos. Creo que es la única manera de echar pa’lante de verdad».

Por Roberto ingresó en poco tiempo el vocalista Luben García, y con él, el retorno a la suerte y la ayuda del gran «descubridor» del grupo: Dagoberto Pedraja. El ex guitarrista de Gens y Carlos Varela no había dejado pasar la oportunidad de convertirse en productor del piquete, y dos años después del Saliendo a Flote, la tropa de Javier firmaba un contrato con la EGREM para lanzar su primer álbum: Solitario. De las experiencias de grabación en el estudio, el flaco evocará las filtraciones de agua al llover, el nylon que debían colocar sobre los equipos para que no se jodieran por la humedad, y los inventos del Dago, imitando el sonido de un banjo con la guitarra eléctrica, porque aquel instrumento de cuerdas tan recurrente en el country, no aparecía ni en los centros espirituales.
El CD finalmente salió a la venta y la recepción por la audiencia fue excelente. Pistas como «No es que quiera marcharme», «Santa Fe», «El inútil sueño de Jessie Rainbow» y «Cristal al caer» se radiaron hasta el cansancio en emisoras locales y nacionales, y la banda incrementó su fama; pero en cambio, el nombre de Solitario no apareció entre los nominados al Premio Cubadisco.
—Tienes que entender que las instituciones no están listas para ver al rock como parte de la música cubana —le diría a Javier poco después, el productor de la disquera, José Manuel García—. Pero lo importante es haberlo grabado. Ya los tiempos cambiarán…
Las palabras del hoy gerente del sello Bis Music le dieron un impulso a Javier para los tiempos futuros, y dos giras por varias ciudades de España a fines de siglo, serían un premio a la perseverancia. Junto con los viajes por carretera y la abundancia nunca antes vista, los excesos de Extraño Corazón se dispararon: fueron tiempos donde el flaco aparecía en las fotos con un vaso de whiskey en la mano y una mujer siempre cerca, mientras de noche, la música, la visión borrosa y el alma abandonando el cuerpo, lo hacía sentirse como las estrellas de Guns N’ Roses, Mötley Crue o KISS en los tiempos dorados del hard rock en Los Ángeles.
Para inicios de los 2000, Extraño Corazón ya había audicionado en el Instituto Cubano de la Música y tenía un estatus profesional; de ahí que a su regreso de España no fuera tan difícil para Dagoberto Pedraja gestionarle un segundo disco, esta vez bajo el sello Unicornio y con él repitiendo como productor. Pero la nave de Javier llegaba sin timón, a la deriva. Su bajista solo iba a quedarse el tiempo que durara la grabación, su guitarrista y cantante Iván Leyva tenía planes de mudarse a Barcelona, y él mismo, más interesado en las parrandas que en la música, apenas aportó tres canciones.

En nueve días sin turnos adicionales, con Iván ardiendo en fiebre a causa de una gripe y más whiskey del necesario en el estudio, terminó la grabación de No Preguntes: el único disco que Javier mirará con recelo durante el resto de su vida; jamás renegando de él, pero sí inconforme. Porque nada que ver el resultado con sus dos obras posteriores, Bitácora (2011) y Confesiones de un Náufrago (2016), donde además de un sonido limpio y tiempo de sobra componiendo, el guitarrista había desmantelado Extraño Corazón, había pasado por el momento de inflexión en su vida y había conocido a la pelusa de piel blanca y pelo castaño que nombró como Samantha Rodríguez.
—Si algo me enorgullece de este disco —estira la mano y saca el Bitácora de un estante—, es esto: —señala una foto del librito donde aparece cargando a Sammy: una copia suya en miniatura con pañuelo negro y pulóver de KISS—. Y esto: —pasa el índice por la lista de canciones y se detiene en la número siete: «Wendy», como su hija que no vive en Cuba y con la que menos tiempo pasó—. La canción de la grande y la foto de la pequeña… —dice para sí mismo y cierra la caja del CD—: Las pocas mierdas que uno le va a dejar a los hijos… Y los hijos se van a acordar de lo que tú hiciste por ellos… Que no te quepa dudas.


La pipa de la paz se ha terminado y el humo ya es un recuerdo cuando en la puerta del cuarto suena un toque rápido y se escucha una voz infantil.
—Papá, no tengo datos móviles… —dice Sammy abriendo.
—¡Je! ¿Y que tú quieres que yo te diga? —sonríe Javier.
—Que me vas a recargar…
—A ver, pero mira… tú me puedes hacer un café… —negocia.
—¡Pero si tú me debes cien pesos que me pediste otro día…! —reclama ella.
Javier admite su derrota entre risas, la besa la frente y le dice que está bien, que él le recarga y además, la consentirá más tarde con rositas de maíz. Sammy parte victoriosa con un «¡wiiiii!» a buscar café y azúcar, y el padre, de buen humor, me mira:
—Es hoy cuando tú tienes que estar para ellos. Mañana también… pero hoy, asere… Hoy.
Durante el retiro espiritual después del episodio cercano a la muerte, Javier Rodríguez volvió a hallar su conexión con el universo. Leyó lo que no había leído en años, volvió a respirar los aires de la periferia y dejó las borracheras para siempre. «Sabía muy bien lo que quería y mucho más, lo que no quería», apuntaba en un diálogo con la revista OnCuba.
Un par de años antes, con Extraño Corazón de vuelta, había hecho efectiva su entrada en la nueva Agencia Cubana de Rock (2007), pero el favoritismo de la dirección hacia algunas bandas y otros comportamientos similares, lo llevaron a largarse sin mucho ruido y pasar por una prueba —otra más— para ingresar en su antigua empresa.
—Debería sacar la cuenta de las audiciones de Extraño Corazón… pero fácil, hicimos ciento y pico —dice, con una literalidad que asusta—. Pero yo voy y las hago como quiera. He tocado mal hasta por prepotencia y rebeldía… No tengo que probarle nada a nadie… Y al final, las empresas no te dan nada, lo que te enredan en papeles burocráticos… Hoy, con las redes y el internet, lo puedes hacer todo tú mismo y mandar pa’l carajo a las empresas, al Instituto de la Música. A lo que sea…
La suerte de Javier ha sido —virtudes musicales aparte— contar con el apoyo de José Manuel García y el sello estatal que dirige, Bis Music. Según el guitarrista, nunca le han censurado, revisado ni cambiado una letra. Ni siquiera del Bitácora, que nació en un momento de reencuentro personal, aceptación del pasado y resiliencia, como bien reflejaron sus letras: «Fue difícil escucharte sin protestar, / fue difícil olvidar mis noches de gris, / el silencio pudo más que la soledad / que una mañana dejaste para escapar».
Extraño Corazón, sin embargo, no hace concesiones sobre cosas en las que no cree. Javier se niega a interpretar covers—«defiende lo tuyo: bueno, malo, regular»—, rechaza tocar en un espacio sin las condiciones apropiadas —«no me gusta sonar mal frente a mi público»—, y cree que uno nunca debe traicionarse a sí mismo: «Es importante que nos paguen para vivir, pero lo más importante es la obra y el sueño del rock and roll. Soy utópico por esa parte».
La siguiente quimera le esperaba al montar lo que sería el disco Confesiones de un Náufrago. Presagiando el fin de la banda, visualizó una obra en la que todos sus cantantes regresaran a manera de despedida. Llamó a Keko, Luben, Issan, Iván, pero una cosa era el sueño y otra, la realidad. Luego de nuevos desacuerdos, la tesitura dominante recayó en el primer vocalista, el de la armónica, las esposas de plástico y las canciones de country rock. Eso y los arreglos modernos y sinfónicos del joven productor Tiago Felipe, le imprimieron al «último» álbum de Extraño Corazón un aire de clásico renovado, como Metallica y la Sinfónica de San Francisco cuando tocaron juntos en Berkeley, pero claro, a lo cubano.

Para el timonel del Confesiones…, la nueva obra debía arrancar como el resumen del viaje largo de su nave, tempestuoso en algunos puntos y con viento a favor en otros. «Tuve que naufragar, perderme y luego fracasar…», contaba en su primera canción, y aunque el fin estaba cerca en su cabeza, la crítica y el público no opinaban lo mismo.
«Confesiones de un Náufrago no me transmitió nunca el mensaje trágico de un epitafio. Todo lo contrario», escribió el periodista radial Carlos Fornés. «Cuando escuché el disco por primera vez me produjo una gran satisfacción por su grandeza. Tuve la certeza de que aparecería una disquera para su producción, de que vendría Cubadisco para premiarle. No me vi diciendo adiós, sino dando la bienvenida a la banda en el escenario».
No se equivocaba Fornés: el premio al mejor disco de rock (2018) recayó en el nuevo CD a dos años del lanzamiento por Bis Music. Extraño Corazón retornó a los escenarios, la radio y los programas de TV, mientras el sueño rockero de Javier y el gran cierre de la banda se estiraban en un espacio temporal indefinido. Había escuchado nuevos temas y canciones no tan viejas con una producción de lujo, pero faltaba algo más: «Quería escuchar renacer nuestras canciones y darle todos los colores posibles sin importar el mañana o siquiera poder reproducirlo en directo. Se trata sencillamente de la gran partitura. Ser yo quien escriba el final de la banda y no otros».
—Este disco es un legado, bróder, un legado —me diría la tarde de agosto en que nos conocimos, durante una grabación en el estudio de Tiago Felipe—. Será como mi testamento musical. De ahí para allá no sé si logre sobrevivir como ser humano, porque como banda ya terminaré. Y si todo fluye, quiero grabar un DVD con músicos. Casi está en mi cabeza. Lo que tu escuches ahí, quiero que sea lo que veas y escuches en vivo. El final del concierto será que no haya ningún músico de Extraño Corazón en el escenario: van a ser músicos jóvenes; y nosotros, sentados en el público. Porque el show tiene que continuar, bróder —asintió con la cabeza—. Cuando no estemos nosotros, quedará la música…
La misma tarde en que Javier pensaba asistir a un concierto de Carlos Varela en el teatro Karl Marx, ocurrieron en Cuba las protestas populares más notables desde 1959. Era 5 de agosto de 1994 cuando la agudización de la crisis y el cansancio acumulado, rompían la inercia diaria.
—¡Por nada del mundo salgas a la calle, mijo, que hay jodienda en el Malecón y están mandando gente pa allá…! —lo despertó su madre con histeria, después de llamar por teléfono ininterrumpidamente.
Javier colgó, resacoso, y tras echarse agua en la cara, tomar café y darse tres palos de ron clandestino, hizo lo que por nada del mundo iba a dejar de hacer: salir. Las imágenes que vería desde su bicicleta china destartalada serían imborrables: gritos en las esquinas, gente vestida como civil repartiendo golpes, piedras y objetos lanzados desde ventanas y azoteas: «una inédita zona de batalla que superaba todas las broncas vistas en mi natal Guanabacoa o en los carnavales habaneros de turno».

Al no distinguir quién era quién, y por temor a que su pinta friki le reportara una pedrada, un tubazo o un arresto, volvió a casa. La manifestación terminaría horas después, y en la noche, para sorpresa de todos, los rockeros inundaban el Karl Marx y gritaban a todo pulmón las canciones de Varela. «No estoy seguro si fue ahí cuando se estrenó “El Leñador sin bosque” en público, pero al menos, para mí sí», contará el guitarrista en su Facebook, muchos años después, y dirá también que en aquel rato de música insuperable, su mente asoció la atmósfera con los temas de Pink Floyd.
Aquel sentimiento, como mismo las imágenes de cubanos enfrentándose a palos y gritándose unos a otros, las iba a revivir durante las grabaciones de su último disco. Otro verano, otra manifestación y otra escalada de violencia entre hermanos, en medio de la peor crisis económica, alimentaria y sanitaria desde el Período Especial, ahora con un rebrote de coronavirus y un llamado desde el gobierno a «defender la Revolución» en las calles.
En las semanas posteriores al 11 y 12 de julio de ese 2021 y a las detenciones de varios manifestantes, Javier se refugió en el estudio de Tiago —«la libertad más grande en una Cuba cada vez más carcelaria»— y continuó la grabación con un tributo sinfónico al tema de Varela que lo hizo vibrar la noche del 5 de agosto de 1994: «Por eso vivo alejado / del trono y el dragón. / Prefiero ser olvidado / antes que hacer de bufón».
Tres meses antes, repasando parte de su carrera para la revista OnCuba, declaraba: «El amor y el afecto que hemos recibido de la gente, sus historias de supervivencia compartidas…todo eso nos hizo ser una banda noble en medio de la barbarie y escribir nuestra poesía en forma de canciones. Fuimos capaces de que no lograran envenenarnos el alma, y jamás estuvimos de espaldas a la realidad de una ciudad a oscuras, donde el malecón habanero se convirtió en tabla salvadora y noches mágicas de guitarras y ron».

—Papá… ¿dos cucharadas de azúcar? —pregunta Sammy de regreso al cuarto y Javier le responde, positivo.
—Ahora voy a encender la cafetera.
—Acuérdate de las rositas de maíz…
—Sí, sí… —le promete, y la niña se va.
Desde hace alrededor de tres horas, Javier Rodríguez no ha parado de contar cuentos, mostrar adelantos del disco y escuchar con atención. Cada vez que reproduce un tema, lo examina en busca de imperfecciones para luego sentarse en el estudio y pulirlo todavía más. En esos momentos de iluminación, escucha cosas que los otros no, como por ejemplo, que la voz de Athanai sería espectacular para «El Leñador…» o la de Polito Ibañez para los versos de «Caso cerrado». Luego los llama, hace la propuesta y casi siempre, graba.

Dice que el nuevo disco ha sido tormentoso, no solo por estarse grabando a lo largo de tres años de pandemia, crisis, migración y desesperanza, sino por vivir eventos tan dispares como su verdadero despertar espiritual, la muerte del hermano mayor y la partida hacia España de su baterista, Roly Fernández. Por eso Himalaya —nombre final del disco—, se llamará así. La subida no es siempre constante y toma tiempo, pero una vez que conquistas la cima, llegas a otra dimensión cósmica donde la música y la imagen se funden como una puesta cinematográfica. Después de todo, el sueño del rock and roll —el inútil sueño del rock and roll—, no es del todo imposible, aunque a veces tarde muchos años para poder concretarse.
Javier está un poco cansado y va a confesarlo a la prensa rockera después del lanzamiento: «Con este disco literalmente me siento en la cima del Himalaya y cuando estás ahí, solo ves dos opciones para la banda. O nos quedamos como punto final o admitimos que todo lo que vendrá después de treinta años será cuesta abajo, y lo que entonces tocará es hacer divertido el descenso y disfrutarlo dignamente sin situaciones traumáticas y con músicos en plena armonía. Ya no somos los jóvenes de ayer y la vida en Cuba se hace cada vez menos llevadera. La supervivencia y nuestras propias vidas, nos consumen demasiado tiempo».
De vuelta en la habitación, con su legado sonoro en marcha y sin saber aún que Himalaya se va a llamar Himalaya y que ganará el tercer Premio Cubadisco para Extraño Corazón, Javier Rodríguez medita en silencio. De vez en cuando cierra los ojos y saborea en sus oídos el arpegio, el solo de guitarra, el arreglo de cuerdas apenas perceptible. Respira una vez más, profundo, los humos de la pipa de la paz, y con el halo autosuficiente de quien hizo y deshizo a su antojo, del viejo rocker que ha vivido sueños y pesadillas en el viaje, pero no tiene nada que probarle a nadie, vaticina:
—¡Ay, flaco! Esto está… ¡de pingaaaa! Este va a ser el mejor disco de rock de todos los tiempos en el país de pinga este. Y yo voy a llevar una pila de años muerto, pero un día tú te vas a acordar de mí, y vas a decir (escríbelo ahí): «El Javi me lo dijo… Un día, sentados en el cuarto de su casa, el Javi me lo dijo, coño…».
Y se marcha, con la misma euforia, a preparar las rositas de maíz que Sammy le vuelve a pedir desde el pasillo.
—¡Echa pa acá, flaco! —aúlla desde la cocina.
Fuera del estudio y los reflectores, ni los viejos lobos del rock se resisten ante los caprichos de su cría.
Vedado, diciembre de 2021 y mayo de 2023

Notas finales
El 17 de mayo de 2023, el alpinista Yandy Núñez Martínez se convirtió en el primer cubano en conquistar la cima del Monte Everest en el Himalaya. Justo por esas fechas, Extraño Corazón, ganaba su tercer premio Cubadisco con el álbum Himalaya, el último último de la banda.
Casi dos años después del encuentro narrado en este texto ,Javier despidió a su madre, Onirian Delgado, y a su hermano, Arturo Rodríguez, en la Loma de la Cruz, Guanabacoa. Hasta allí llevó las cenizas de ambos, mientras agradecía por el amor recibido. Posteriormente, pudo disfrutar de un esperado reencuentro con su hija mayor, Wendy. Hoy vive en Suecia con Sammy, que ya no es tan pequeña como cuando los conocí.
Este texto está incluido en el libro de periodismo narrativo «Que sea lo que ellos quieran (o la improbable historia del rock en La Habana)».
