El periodista Luis Cino publicó un mensaje de Mick Jagger en su perfil de Facebook. El líder de sus «Majestades» decía algo así como que el concierto en Cuba (2016) era una de las razones por las que seguía en los escenarios. Yo no pude escuchar esas palabras de Mick, pero me habría encantado oírlas en el programa al que accedió Cino. Cualquier conocedor, por mínimo que sea, de la obra de los Rolling Stones sabe el peso que tiene esa declaración. Tocar en Cuba mantuvo la sangre caliente de la banda de rock más legendaria aún en activo. Cosa gorda, diría cualquiera en un barrio de la isla.
Esa declaración coincide con el décimo aniversario del concierto de los Rolling Stones en Cuba. El adjetivo «histórico» es el que más se usa para calificar el alcance de aquel espectáculo en la Ciudad Deportiva. Y, creo, es el término correcto. El concierto fue uno de los puntos culminantes del deshielo entre Cuba y Estados Unidos, una época que rara vez se menciona hoy, cuando Cuba vuelve al trending noticioso, pero por motivos muy distintos a los de aquel 2016.

El concierto estuvo casi en el aire porque coincidía inicialmente con la fecha prevista para la visita de Barack Obama. Luego se movieron algunos hilos y el hecho se concretó para la historia. Los Rolling Stones llegaron después de Obama, después de Major Lazer y antes de otros eventos que marcaron el ritmo del deshielo propuesto por la administración Obama tras meses de negociaciones en la sombra.
Fue una época muy interesante para Cuba. La gente común y corriente —no quienes resguardan los excesos de su cuerpo en carros con aire acondicionado— recuperó la esperanza en el futuro, incluso en sí misma. Varios migrantes retornaron a la isla, impulsados por un sueño que empezaba a dar sus primeros pasos y que, tras las primeras luces en el horizonte, volvió a su punto de partida: el vacío. Podría decirse que esa etapa murió antes de nacer, pero no sería del todo justo, porque sentó una base enfocada en dar poder al sector privado que, con dificultades, aún permanece y aporta considerablemente a la economía de la isla.
Los Rolling Stones cantaban en la Ciudad Deportiva y Cuba tenía la posibilidad de entrar en un juego marcando su propio ritmo, sin apresuramientos, en un dialogo directo con la administración Obama, que abrió la puerta, el espacio y la posibilidad de que ambos ritmos —el de allá y el de aquí— se encontraran en un punto común. Se abrieron galerías y negocios privados, y se escuchó a Mick decirle a todos que sabían que su obra había sido censurada en Cuba, pero que estaban allí para enterrar ese tiempo de oscuridad. El público, visceral, agradeció y siguió cantando como si nada.
El ritmo también era el de la música electrónica, el del rock and roll y el del jazz, que pusieron banda sonora a la conversación política. Pero las autoridades cubanas entraban en un terreno desconocido y la orden fue comerse a críticas al “amigo Obama”, como llamó Fidel Castro al presidente estadounidense en unas reflexiones a destiempo. La cerrazón ideológica y el principio de incertidumbre se impusieron sobre un tiempo que, de haberse aprovechado, hoy habría cambiado la vida de millones y, lógicamente, habría hecho de Cuba otro país. Quizás uno con libertades, mejores formas de vida y subsistencia. Y un poco más de rock and roll.
Tras los Rolling Stones, varios artistas internacionales quisieron venir a La Habana, pero ese deseo fue a parar al mismo vacío. La cerrazón ideológica y el temor no se mueven a ningún ritmo; tal vez solo al sonido del silencio o de la inercia. Se cambió el sentido de la oportunidad por el sentido de incertidumbre que se ha instalado en lo público. La clausura de aquel tiempo parió esta era, que bien pudo haberse evitado con un poco de arrojo y mirada larga. Es lógico: haciendo lo mismo todos los días no habrá ningún resultado nuevo, ni una consigna repetida mil veces conduce a ningún lugar en política, que —según algún filósofo cuyo nombre no recuerdo— es el arte de la anticipación.
Pudieron haberse anticipado a este tiempo en el que se ha desalojado la esperanza, se han retomado las viejas prácticas coercitivas y se han silenciado, de diversas maneras, las expresiones críticas, las únicas capaces de generar verdaderas ganancias políticas y creativas para un país. De las consignas y los discursos de barricada no ha salido nada nuevo que enfrente con resultados el acecho ni aporte de forma palpable a la solución , más allá de alimentar un capital simbólico que también se ha perdido, sobre todo después del 11J.
En política, la previsión es fundamental. Los Rolling Stones también lo sabían. Llegaron para potenciar ese ritmo de esperanza que se vivía entonces y que atrajo la atención del mundo hacia una isla que por aquellos días se volvió viral. No viral como ahora —y no me refiero a la acción de los elementos de la naturaleza—. Era el ahora o nunca, pero se optó por la carta más cómoda en aquel tablero que era mi ciudad y que hoy ha traído estos vientos de incertidumbre, en los que debería prevalecer la razón que no se impuso en aquella época coronada por Sus Majestades y por la visita de Obama. Todo ocurrió hace diez años, pero parece que fue ayer. La memoria, con sus veleidades.
Los Rolling Stones parece que no girarán más. Keith Richards tiene artrosis en las manos de Dios y le cuesta mantener la misma energía. Si los Rolling Stones se marchan de los escenarios, indica que todo puede marcharse, pese a la creencia, sobrenatural, de que algo es eterno, de que un escenario político que no cambia puede sostenerse para siempre. Los sistemas también padecen artrosis y, a veces, como Keith Richards, deben saber dialogar con el tiempo y con los que desde abajo sostienen el tiempo, para que otros ocupen los escenarios y vuelvan a marcar el ritmo de la esperanza y, por qué no, del rock and roll. Si lo hicieron —o lo van a hacer— Sus Majestades, todo lo demás es posible.
