
Nunca, en las dos o tres veces que lo he visto, el viejo Angelo ha estado sobrio. Dicen unos frikis del Mejunje que eso pasa una vez al año, pero que si lo encuentro así, sin una gota de su ebriedad sempiterna, me preocupe; porque lo más probable es que al viejo Angelo —ese que te choca las manos aunque no te conozca y te abraza como si fueras su hermano–, le falte algo para terminar de ser él.
El que sí es, es ese que grita a todo pulmón —y con muchos forros— los coros de «Don’t Stop Believin»; ese que pica un cigarro por aquí y un buchito por allá; ese que cuando está en primera fila toca solemnemente su guitarra imaginaria; ese que se acerca al micrófono cuando Azotobacter u otra banda está tocando y si alguien lo regaña, arruga aún más su cara —si es que eso se puede—, y protesta como un niño.
Al viejo Angelo, que de viejo solo tiene la edad, no hay quien le haga un cuento, o al menos, eso dice él. ¿El mejor grupo que ha visto? «¡Alto Mando!». ¿El mejor lugar? «¡El Mejunje!». ¿Hay Santa Clara sin Mejunje?, le pregunto, y se queda pensando un rato. «¡No existe!», responde al fin, y me pregunto si habrá Mejunje sin Angelo. Él, mientras tanto, sigue en su reflexión: «Bueno, sí… —sonríe socarrón–, pero no sería igual».