
«Si miras largo tiempo al abismo, el abismo tambien mirará dentro de ti».
Friedrich Nietzsche
He notado que, a medida que pasa el tiempo, voy tendiendo a radicalizarme en muchos aspectos de la vida. En la política, en la forma de ser y, por supuesto, en los gustos musicales. Hace unos años pensaba que madurar musicalmente sería dejar de oír metal y empezar a buscar cosas más «serias» que llevarme a la oreja. No funcionó. El metal extremo era para mi una idea tan lejana como desconocida. El día que escuché Mayhem por primera vez hice una mueca de disgusto. A las pocas horas volví a escucharlo: me había quedado con ganas. Fue en ese preciso momento donde comencé a sospechar que quizás, en algún punto del futuro, me volvería un adepto del género.
La oscuridad causa temor pero también mucha curiosidad. El black metal, y todo lo que representa, tiene un fuerte magnetismo que succiona hacia dentro a muchos de los que intentan probar su frialdad inigualable dentro de la música extrema. Cada acorde es una aguja de hielo que te atraviesa y te deja una sensación que es capaz de demoler hasta las simientes de cualquier concepto musical previamente establecido en tu cabeza. Lo que entendemos por arte comienza a tambalearse y empezamos a ver la belleza donde antes no podíamos apreciarla.
Poco a poco, voy aceptando que esto también soy yo. Una parte de mí pertenece a este mundo que le atrae, le llama la atención. Solo el tiempo dirá cuánto seré capaz de sumergir mi brazo en la profundidad de estas aguas turbulentas. Mientras tanto, mi camino hacia la oscuridad ya ha comenzado y parece que no hay vuelta atrás.