
«El disco homónimo de Bathory es un disco bastante duro de oír», me dijo alguien a quien le tengo plena confianza cuando de opiniones sobre black metal se trata. Y sí, lo acepto. Después de escucharlo varias veces, me di cuenta de que el primer álbum de la banda sueca no es para cualquier oído, pero a mi me gustó. Quizás sea que mi órgano auditivo se ha ido adaptando a los sonidos que generan ambientes estridentes, fríos y oscuros. Pero también tengo que reconocer que la agrupación escandinava es tan impresionante como se comenta entre los seguidores de esta música.
Dice una especie de regla jamás escrita que en el black metal cuando mueres te imortalizas dentro del género. Sin embargo creo que, a pesar de mi poco contacto con todo este mundo, puedo darme cuenta que Bathory ya era una leyenda antes de la muerte Quorthon. La oscuridad tiene sus orígenes bien definidos alrededor de las canciones del músico nórdico.
Cuando el arte fluye, no importa de dónde venga ni en qué forma se presente. No se crea toda una sonoridad distinta al decir que quieres inventar algo novedoso. No funciona así. La música nace de la creatividad del artista, de sus deseos, de lo que le pide su alma en un momento determinado. Luego, lo dejas salir para que tome forma y, cuando te quieres dar cuenta, terminas siendo parte de la fundación de todo un género dentro del metal extremo