
El viaje a Jaimanitas es largo y caluroso. Dicen que es como una prueba para que venga el que quiera estar y lo disfrute el que en serio lo sienta. Hay quien no va porque cómo viro pa mi casa, porque si hay apagón qué me hago, porque asere, la calle está de madre. Por eso quizás, cuando uno atraviesa el umbral de la casa de cultura, después de leer el cartel con el rótulo La Gruta del Dinosaurio, de saludar a una niña maquillada con blanco y negro, y de decirle a un curioso en bicicleta que sí, que aquí hay peña hoy, se encuentre con algo diferente.
Lo primero es que el techo no es más que el esqueleto de lo que un techo sería. Las luces, tenues y azules, apenas dibujan las siluetas de quienes van a estar en el escenario; y una enredadera, justo en el centro y por encima del público, completa la atmósfera minimalista y hasta cierto punto gélida, del evento más underground del año en La Habana: To Bring the Sun Down.
Se extrañará en el cartel del concierto el anunciado regreso de Skjult, que a última hora, cancela. Fallará, como tantas veces, el audio, y quien fue ayer villano será hoy salvador. Debutará tarde Hrafsnmerki, tocará enseguida Helgrind, volverá al escenario Náströnd. Trémolos y corpse paint, reencuentros y manos cornutas, headbanging e hidromiel: un evento que fue lo que pudo, y que entre limitantes, salió airoso.
Así, cuando los primeros rayos del sol asomen sobre la arena de Jamainitas, sobre los bancos de un parque cercano y las arenas de playa Baracoa, aquellos que no encontraron la forma de volver, que sabían que no volverían, pero aún así se aventuraron, regresarán a sus guaridas. Con ellos, la sensación de que esta no ha sido, ni mucho menos, la última noche del black metal en Cuba.