Imagen generada con Leonardo.AI
Se siente desilusionado. Ha pasado el instante en que abrió los brazos y el aire le azotó el rostro, y en ese lapso vio rápidamente la abertura de los ventanales de la tienda “La Campana”, en peligro de derrumbe y manchado con la leyenda del administrador que se colgó de una viga del techo, y más allá el tejado del Museo de Historia Natural, la calle Maceo y un atisbo del Parque de las flores. Se había imaginado elevándose hacia el firmamento con los brazos convertidos en alas con la firme convicción que siendo de noche ningún rayo ultravioleta derretiría la cera. No caería, sino que iba a elevarse triunfante sobre la ciudad hasta desaparecer.
Pero, ¿acaso no iba a desaparecer igual? No de la manera que quisiera, pero en el intervalo en que arqueó la espalda —tal vez por el empuje del salto—, levantó el mentón y abrió los brazos, alas enormes y vigorosas, se vio a sí mismo como un ángel, o el ave fénix; o mejor, en aquel que levantó el vuelo huyendo del laberinto de Minos y terminó traicionado por el sol. Pero él no iba a correr la misma suerte, era de noche y sus alas no se derretirían; así podría huir, perderse para siempre.
Y lo recordarían. Iba a dejar su huella… ¿cómo dicen los poetas? Indelebles, en las leyendas urbanas de Holguín, como la del administrador colgado de la viga. No iba a pasar inadvertido, olvidado, sino que preguntarán: ¿quién era ese? Y los mierdas del Pasta y sus lacayos responderán: «un tipo ahí que venía todos los jueves a la peña, a veces también los sábados, un feito ahí, insignificante». Pero ya no sería más el intrascendente, sino un personaje célebre, el que había levantado el vuelo desplegando alas enormes.
¿Y realmente verían sus alas? No tenía tiempo de pensar en ello, pero si pudiera, llegaría a la conclusión que jamás sería posible que aquella sarta de estúpidos desarrollasen algo de sensibilidad y pudieran ver cómo él desplegaba las alas, porque sus vidas se limitaban a hartarse de alcohol en las peñas de rock y burlarse de los demás, y después de las burlas el mote, y ya todos le decían muñecón de carnaval, por eso las mujeres no lo miraban. ¿Cómo lo iban a mirar con semejante apelativo?
Pero ya no será más el Muñecón, sino alguien famoso, y ellas se preguntarán por qué no se habían fijado antes en él, por qué no se les había ocurrido conocer mejor a aquel muchacho bajito de cabellos enmarañados y rostro de caricatura, sí, pero que podía volar, alejarse, huir del mundo de una manera distinta a como lo hacían ellas, los demás… todos ellos, macerados en alcohol y pastillas para olvidarse del mundo que enfrentarán cuando la peña termine y ellos bajen las escaleras del Caligari para salir a la calle y regresar a sus casas o sentarse en el parque, plaza sitiada, donde serán atosigados por la policía. No, él ya no tendrá que pasar más por eso ni por las humillaciones del Pasta, de todos… porque sabe volar.
Y tal vez si hubiera tenido tiempo de pensar en eso habría sonreído, aunque viera acercarse a él, inexorable, el asfalto de la calle Martí, porque dejó de ser el insignificante en el momento en que echó a correr y se lanzó desde la azotea del Caligari abriendo los brazos, como desplegando alas, ante la mirada de asombro de todos.
(Este cuento pertenece al libro Morir con las botas puestas, que puedes descargar en nuestra sección de Libros de rock y metal cubano)
