Junior Hernández Castro, director editorial del proyecto El Friki Periodista, celebra el primer año de la publicación del libro Que Sea Lo Que Ellos Quieran (o la Improbable Historia del Rock en La Habana). A propósito del Día Internacional del Libro, Joss Metalcry nos descubre más cosas sobre él, en esta interesante entrevista.
Hace un tiempo te entrevisté para otros menesteres, conversaremos, ante todo, sobre tu libro, pues me pareció muy buena su lectura como melómano. ¿Cómo nació este proyecto desde un principio?
Pues te diría que nació a mediados de 2019, cuando decidí que quería hacer mi tesis de Licenciatura en Periodismo en la Universidad de La Habana sobre algo que tuviera que ver con el rock en Cuba. Antes ya tenía diseñado un proyecto de tesis centrado en el uso de videojuegos para la enseñanza al que solo le faltaba aplicar las herramientas metodológicas para obtener los resultados. Pero casi a última hora me di cuenta de que me estaba engañando a mí mismo. Eso era interesante y útil, claro, pero lo que realmente quería hacer, el tema que de verdad quería explorar, era el rock… y sus polémicas en la Isla.
Si lo pospuse al punto de tener que iniciar esa tesis desde cero en el último año de la carrera, era porque sinceramente no me sentía capaz. Apenas tenía relación tangible o trayectoria periodística dentro de la escena cubana, no conocía a ninguno de los músicos (ni ellos a mí) y temía que el tema me quedara grande.
En la vida real, el libro nació porque se alinearon los planetas. Tuve varios amigos que me pusieron en contacto con los entrevistados, apareció en el horizonte un proyecto como fue Opía Magazine (que me dio la confianza y la visibilidad para seguir adelante en este mundillo) y entré al Centro Onelio Jorge Cardoso, una academia de formación literaria que me dio las herramientas para terminar de pulir aquello que yo había logrado en bruto con la tesis, pero a lo que todavía le faltaba mucho.

¿A qué se debe el título de «Que Sea Lo Que Ellos Quieran (o la Improbable Historia del rock en La Habana)”?
El título proviene de una frase de uno de los entrevistados, el guitarrista Dagoberto Pedraja. En un momento le pregunté qué pensaba sobre el futuro del rock en Cuba, si el rock en Cuba tenía futuro. Y me dijo: “No sé… Yo estoy en una edad donde pienso en el presente y no me preocupa eso. ¿Pa’ qué me voy a calentar la cabeza ahora, si ya lo hice hace cuarenta años y no resolví nada…? No, chama, no. Que sea lo que Dios quiera. O mejor… lo que ellos quieran.
A mí me impactó mucho porque de alguna manera resumía el sentir de la mayoría de los personajes del libro: ese desgano combinado con resignación, pero a la vez, con socarronería. Era la declaración de que, en efecto, toda la historia y el futuro de ese género había estado permeado por una fuerza externa, encarnada en el “ellos”. Un día, ellos decidieron que el rock era la música del enemigo, y las consecuencias de esa decisión impactan hasta el día de hoy en varias generaciones.
A pesar de eso, el rock continuó. Los rockeros siguieron haciendo rock, contra todo pronóstico. Entonces ahí viene la segunda parte del título: “la improbable historia…”, porque qué posibilidad real había de que una música y una cultura estigmatizadas por décadas permaneciera como lo ha hecho, en un país donde la regulación cultural ha sido considerable y donde la propia tradición musical, la ubicación geográfica, parecería ser la antítesis del rock.
Recuerdo que después de enviar el manuscrito definitivo a la editorial y firmar el contrato, uno de los músicos me preguntó por qué no lo había titulado “Que sea lo que el rock quiera”. Por un segundo entré en crisis. Me pareció brillante. Por poco le escribo a la editorial para cambiarlo…
Pero después de pensarlo con detenimiento llegué a la conclusión de que sí, era un título fantástico, pero no era un título sincero. Porque el rock en Cuba no ha sido lo que el rock ha querido, sino lo que ha podido ser: una mezcla entre la voluntad de sus músicos y los límites impuestos por ese “ellos” que atraviesa toda la historia. Ponerlo como quedó al final me pareció un acto de honestidad conmigo mismo, con los músicos y con la historia que trato de contar.

Sabía que hacía bastante tiempo que estabas detrás de editar un libro, pero un servidor creía que sería un proyecto que vería la luz una vez que estuvieras fuera de la isla/cárcel de Cuba, como realmente ha sido al fin de cuentas. ¿Cuánto tiempo te llevó redactar está joya?
Mira, te podría decir que unos cuatro años, pero es que en realidad no fueron cuatro años constantes. La primera versión fue la que entregué junto al informe de tesis, un manuscrito incompleto, también atravesado por el confinamiento del coronavirus, que me dejó entrevistas inconclusas y capítulos que no alcanzaron el desarrollo que yo quería.
Luego publiqué algunos textos por separado en algún que otro medio, pero abandoné la idea del libro. ¿Por qué? Porque sentía que era prácticamente imposible que una editorial dentro de Cuba lo publicara. En primer lugar, porque era una historia polémica, conflictiva, de un tema que no es prioritario (más bien, suele ser algo evadido) en la agenda oficial.
Segundo, porque en la versión que yo me imaginaba del libro no podía faltar, por ejemplo, la historia de Porno para Ricardo, probablemente la banda más controversial del rock en Cuba, cuyo líder había sido encarcelado varias veces y en cuyo repertorio figuraban títulos tan problemáticos para la oficialidad como “El Comandante” (que pronuncian como El Coma-Andante)» o “Comunista Chivatón”.
Y, por último, yo sentía que, a nivel de estilo, de recursos narrativos, de herramientas, todavía me faltaba mucho. Es por eso que, en 2023 entré al curso de técnicas narrativas del centro Onelio, y allí logré reconectar con la escritura literaria y me volvió a atacar el bichito de: quiero hacer el libro.
Reescribí entrevistas completas, escribí algunas que ni siquiera había transcrito y, sin planearlo, me encontré con Gorki Águila, el líder de Porno…, en un bar de La Habana. Cuando le puse el punto final al texto que nació de allí, y teniendo lo otro escrito o reescrito, supe que el libro existía. ¿Qué iba a hacer con él? Ya vería. Pero por lo menos, era eso: un libro.
¿Qué tal ha sido recibido por parte del público y la crítica especializada al respecto?
Por parte del público —músicos, colegas, lectores y maestros a quienes admiro profundamente como Humberto Manduley, Amir Valle, Rafael Grillo, Iraida Calzadilla y Robert Arellano— he recibido mensajes muy generosos: felicitaciones, agradecimientos, lecturas atentas e incluso la invitación a ampliar el proyecto en el futuro. Cuando ese reconocimiento viene de personas cuya obra respetas, el impacto es doble. No sólo valida el esfuerzo; confirma que el libro dialoga con algo real.
¿Qué ha dicho la “crítica especializada”? Pues… nada. En Cuba es bastante difícil que un libro publicado en una editorial fuera del circuito oficial aparezca reseñado propiamente en algún medio. Han aparecido algunas menciones aisladas gracias a colegas interesados en el tema, pero reseñas formales, análisis críticos o debates públicos, no.

Curiosamente, la prensa no estatal tampoco ha mostrado demasiado interés. Me he encontrado un mundo editorial y mediático donde el nombre, las relaciones previas y el acoplamiento a los discursos son más de la mitad del camino. Si tratas de hacer un libro de periodismo que no responde a una agenda, sino que trata de hacer lo que el periodismo debe hacer —contar la historia con todos sus blancos, negros y grises, generar una reflexión— te colocas en una zona incómoda. Porque no encajas en las realidades que los medios quieren contar, y creo que vivimos en tiempos donde muchos medios están más preocupados en hacer que la realidad encaje con su discurso, que cuestionarla, indagar en ella o reconocer el punto de vista del otro.
Ya para cerrar, es un libro sobre rock, y si bien cuando lo lees te das cuenta de que en realidad son historias que van mucho más allá porque abordan temas universales como la relación entre arte y política, entre el individuo y el sistema, como la familia, la paternidad, la superación personal, el amor; mucha gente verá el título y pensará que es solo un libro sobre rock. ¿Cambiará eso en el futuro? No lo sé. Por el momento, me quedo con la gente que le da la oportunidad a esta historia y se deja llevar por ella.
Últimamente suelo escuchar el término “Síndrome Del Impostor” por todos lados y seguramente esa expresión existía en mi juventud, aunque ahora está de moda y no dejo de escucharla en muchos emprendedores de cualquier materia que se trate. ¿Pasaste en algún instante por dicho síndrome o lo tenías claro desde el principio tú decisión?
Desde que lo empecé, siempre tuve claro que quería terminarlo. Pero, como te dije antes, me cuestioné muchísimo si sería capaz de poder hacerlo bien, si yo era la persona indicada para hacerlo, si a la gente le interesaría leerlo. Afortunadamente, vencí ese miedo. Tomó tiempo, pero así fue.
¿Cómo negociaste con la editorial?
Básicamente contacté con Iliada Ediciones en la segunda mitad de 2024. Después de presentarme y comentarles sobre el texto, me pidieron que les enviara el manuscrito para ser evaluado. Después de su aprobación por pares ciegos y por el director de la editorial, Amir Valle, el proceso fue bastante rápido.
Lo más complicado de ese tema es que el público meta está en Cuba, y desde allí la mayoría de los lectores no pueden acceder a las plataformas de venta ni pueden costearse el libro. Es ahí donde aparece una larguísima, arraigadísima y comprensible tradición nacional: la piratería. Y bueno… bendita la piratería, si les da a las personas la posibilidad de tener algo que de otra forma sería imposible.
Este libro tiene como antecedente la propia tesis de licenciatura, “Los Rockeros Van Al Infierno. Avatares Del Rock y El Metal En La Habana Entre 1986 y 2007”, que defendiste en 2020 y que constituyó un tema sin antecedentes en el catálogo de investigaciones de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (Cuba), lo que te llevó a obtener el Premio de Periodismo Musical Bladimir Zamora in Memoriam (2021) por el perfil «Dios te salve, María…», incluido en estas páginas y publicado en la revista cultural El Caimán Barbudo. ¿Piensas publicar la tesis para que el público en general pueda acceder a ella, o quedará restringida a un círculo limitado de lectores de tu cercanía?
La tesis es pública. Puede encontrarse en mis perfiles académicos en plataformas como Academia.edu y ResearchGate. El problema es que el repositorio oficial de la Facultad, donde debería estar alojada institucionalmente, no funciona desde hace tiempo. Es decir, existe, pero no es fácilmente rastreable desde su fuente original.
Ahora bien, seis años después y tras haber cursado una maestría en Antropología, puedo verla con mayor distancia crítica. No diría que es un trabajo superficial —de hecho, fue una investigación rigurosa para el momento en que la hice—, pero sí tenía límites evidentes. Y eso es natural: era la primera vez que me enfrentaba sistemáticamente al tema, intentando comprenderlo al mismo tiempo que lo narraba.
Ya con más madurez, recomendaría a los interesados que fueran directamente a mi libro, a los artículos académicos que he publicado o al volumen colectivo “La música conspira a cielo abierto”. Rock y censura en América Latina, que fue recientemente lanzado por Vernon Press, y donde participo como autor de un capítulo sobre rock, censura y memoria en Cuba.

¿Cómo está estructurado el libro, para quien no haya tenido la oportunidad de leerlo todavía?
El libro consta de ocho capítulos, una intro y una coda, además del prólogo. Arranca con un monólogo de un personaje anónimo que introduce el tema y que está inspirado un poco en cada uno de los personajes. Luego, tienes los ocho capítulos, que en realidad son entrevistas narrativas, perfiles y testimonios; más la coda, una suerte de epílogo que resume lo que ha pasado desde las entrevistas hasta el presente. Por acá te dejo el desglose de los ocho capítulos y una pequeña sinopsis:
- Que sea lo que ellos quieran: Una entrevista narrativa que nos transporta a La Habana en pleno éxodo del Mariel, y nos presenta la historia del grupo GENS, llena de anécdotas tragicómicas, momentos dramáticos y reflexiones sobre el porqué de la censura, desde la perspectiva de Dagoberto Pedraja y Carlos Gens.
- La maldición de Diony: Una entrevista-perfil que cuenta las historias de VENUS y ZEUS desde la visión de Dionisio Arce, y lo difícil que ha sido el camino del heavy metal desde sus inicios.
- Dios te salve, María: Otra entrevista-perfil, esta vez, con la mirada y la voz de María Gattorno, que nos cuenta cómo se creó, se sostuvo y se clausuró EL PATIO DE MARÍA, un espacio vital para el rock cubano entre 1988 y 2003.
- No es por ser un radical: Un monólogo-testimonio del cantante Juan Carlos Torrente, director de COMBAT NOISE, que nos cuenta cómo surgieron los primeros metaleros, y cómo el rock y el metal sobrevivieron a aquellos años donde los arrestos de frikis eran casi el pan de cada día.
- El inútil sueño de Javier Rodríguez: Un perfil del guitarrista y director de EXTRAÑO CORAZÓN, un viaje lleno de excesos por rock de los años 90 y 2000, una reflexión sobre la familia y la paternidad, y la historia del disco “Himalaya” (2023), una burbuja de escape para la banda en medio de la pandemia de coronavirus y la crisis cubana.
- Yo canto en primera persona: Una entrevista-testimonio que nos cuenta la historia de Athanai, un músico que nunca creyó en los límites del rock, que llevó su obra de Cuba a España y que le ha cantado a la vida cotidiana como pocos intérpretes.
- Pusimos el Porno… ¿y qué?: La polémica, divertida y por momentos dolorosa historia de PORNO PARA RICARDO, «la banda más famosa del mundo por no tocar», y un grupo de culto para muchos frikis cubanos por sus letras explícitamente contestatarias, irreverentes y transgresoras.
- No tiramos la primera piedra (Bonus Track): Una entrevista clásica de preguntas y respuestas a Humberto Manduley, una voz que arroja luz a esta historia con vivencias de primera mano y décadas de investigación en las espaldas.
En conjunto, el libro no sigue una estructura estrictamente cronológica. Es más bien un mosaico de voces que, al superponerse, reconstruyen una historia.
Pues siempre suelo preguntar sobre las portadas en mis entrevistas, y contigo no iba a ser diferente, así que aquí va la pregunta en esta entrevista que tengo hoy contigo en la distancia. ¿Nos puedes contar algo de ella?
La ilustración de portada es obra del artista gráfico cubano Fabián Sotolongo, quien además de ser un ilustrador de lujo, codirigió los fanzines Polilla/Polilla en la Sombra. Para serte sincero, yo conocía y admiraba a Fabián por su trabajo, pero nunca había hablado directamente con él. Tenía un plazo para entregar el manuscrito final y sabía que quería una ilustración que cumpliera con varios requisitos: que no se hubiera publicado antes, que llamara la atención y que la hiciera un artista friki.
Me le lancé un día a Fabián por Messenger y le comenté del proyecto. ¿Qué tienes pensado?, me dijo. Y ahí le comenté una idea que llevaba tiempo cocinando: un músico de rock, con una guitarra, frente al Malecón en La Habana, y en tonos que no fueran tan brillantes. Quería transmitir tres cosas: que era una historia de rock, que era una historia en La Habana y que no era una historia feliz. Fabián se puso manos a la obra y luego de dos o tres versiones, tuvimos la ilustración que ves ahora. Quisimos dejar el personaje en blanco y negro para reflejar tanto el deterioro y el paso del tiempo, como lo anacrónico que puede resultar para muchos la idea del rock en Cuba.

¿Se dificulta la documentación en Cuba hoy en día sobre eventos que ocurrieron hace décadas?
Quizás lo más difícil no sea el acceso en sí a las fuentes documentales públicas (libros, revistas, periódicos), sino la imposibilidad de contar con documentos que no sean esos. O sea, tú como investigador vas a la Biblioteca Nacional de Cuba (o al menos así era hasta mi partida de la Isla) y es relativamente sencillo encontrarte la edición del periódico Granma del 9 de diciembre del año 2000, donde aparece la inauguración de la estatua de John Lennon en La Habana. Lo difícil es encontrarte, por ejemplo, documentos que circularon al interior de las instituciones y que contenían directrices políticas.
¿Qué pasa? Mucho de lo que se decide en la política, y que impacta en la producción cultural, no aparece en una fuente pública. Y a veces, transcripciones de reuniones, o grabaciones de momentos clave de la política cultural cubana, no aparecen. O lo hacen después de décadas porque alguien lo encontró, vio el valor que tenían y se lo compartió a alguien más.
Es lo que ocurrió, por ejemplo, con la grabación de la autocrítica del poeta Heberto Padilla, en uno de los momentos más controversiales de los años 70 en Cuba. Para hacerte el cuento corto, en el año 1971, Padilla fue arrestado en La Habana tras años de tensiones con las instituciones culturales, especialmente después de que su libro (premiado) “Fuera del juego” fuera señalado como ideológicamente problemático.
Estuvo detenido poco más de un mes y al salir fue llevado a la sede de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC), donde ante colegas y funcionarios realizó una “autocrítica” pública: se acusó a sí mismo de actividades contrarrevolucionarias, señaló a otros escritores y asumió un tono de arrepentimiento que, por lo sobreactuado, se notaba que no era cierto. El acto es el antecedente directo de lo que luego se conocería como el “Quinquenio Gris”, una etapa de fuerte control ideológico sobre el arte y la literatura.
Durante décadas, lo que se conocía de aquella noche provenía de transcripciones parciales y testimonios. La grabación completa del acto —audio y luego video— no circuló públicamente. Se podía saber, o inferir, que existía, pero no estaba. No fue hasta más o menos 2021 que la grabación íntegra salió del lugar en el que estaba, no tengo claro cómo, y en 2022, fragmentos de ese material aparecieron en el documental “El caso Padilla”, dirigido por Pavel Giroud, lo que permitió que nuevas generaciones vieran y escucharan directamente aquel momento.
Entonces, lo que conocemos de política cultural —y, en general, de la historia— es siempre fragmentario. Trabajamos con lo que sobrevivió, con lo que alguien decidió guardar o con lo que, décadas después, alguien decidió compartir. Y por eso la historia oral, la memoria, las conversaciones con quienes estuvieron allí, se vuelven fundamentales. Porque si la política es muchas veces el arte de lo no visible, la investigación histórica es el arte de reconstruir lo que apenas dejó huellas.
Como tú bien sabes, un servidor ha intentado aportar su granito de arena a la escena de nuestro rollo en Cuba, pero parece que todo ha caído en saco roto, ya que muchas de las bandas a las que tuve el placer de entrevistar se han visto envueltas en el tema de que algunos miembros han tenido que emigrar a otros países debido a la situación que se está viviendo. ¿Hay oportunidades para que las bandas cubanas puedan desarrollarse y tener éxito a pesar de las dificultades actuales por parte de los gobernantes?
Hay oportunidades, pero son muy limitadas. Por mucho esfuerzo, talento y constancia, las condiciones estructurales te marcan un techo que es difícil de traspasar. Unos pocos lo han logrado, pero generalmente ha sido porque han emigrado a contextos más favorables y han perseverado y tenido suerte en esos contextos.
Y, aun así, emigrar no es una solución mágica. Cambiar de país implica empezar de cero: insertarse en un nuevo mercado, resolver la supervivencia económica, reconstruir redes. No todos pueden continuar sus proyectos musicales con la misma intensidad o continuidad.
Dicho esto, el rock cubano ha demostrado una capacidad de resistencia notable. Ha sobrevivido a décadas de estigmatización, a crisis económicas profundas y a oleadas migratorias sucesivas. Eso habla de una comunidad que, aunque fragmentada geográficamente, sigue conectada.

En la historia musical de Cuba, tanto en el Rock como en el Metal, ha habido infinitos proyectos, algunos de los cuales han tenido más éxito que otros, pero muy pocos han llegado a tener una repercusión fuera de aquel país. ¿Qué proyectos o bandas cubanas consideras que han sido más influyentes o exitosos en la escena internacional?
Influyentes, creo que ninguna. Hay que reconocer que la desconexión de Cuba de los circuitos internacionales del rock y el metal ha sido una constante cruz para la escena nacional. Dicho esto, de los proyectos con cierta visibilidad y éxito internacional, destacaría hoy a Ancestor of Kaos, banda de black/thrash fundada en La Habana y hoy en Las Vegas; Tendencia, originarios de Pinar del Río y hoy en Tampa, que han sido una suerte de “Sepulturas” cubanos; y Sweet Lizzy Project, una banda de indie/rock alternativo/pop rock, actualmente en Nashville, Tennessee. En otros momentos, se me ocurren Athanai o los chicos de Habana Abierta, estos últimos siempre incluidos en la eterna discusión de si es exponente o no del rock cubano.
¿El Rock es un no rotundo en Cuba y los sonidos caribeños es un “SI, SEÑOR!!”?
En un largo momento, sí. Actualmente no tanto. Aunque es justo decir que con la crisis tan profunda que vive Cuba, el apoyo institucional que antaño pesaba mucho ahora es mínimo. Así que más bien diría que las dinámicas de consumo y mercado influyen hoy más que la política que se pueda trazar desde una oficina.
Es algo muy curioso que uno de los más grandes exponentes del rock de la historia, como es John Lennon, tenga una estatua en la ciudad de La Habana (Cuba). Pues la figura de John Lennon, con su mensaje de paz y amor, parece resonar profundamente en la cultura cubana y eso en teoría es contradictorio. Aunque la estatua se ha convertido en un lugar de peregrinación para fans de todo el mundo, y es un símbolo de la conexión entre la música y la lucha por la libertad y la justicia. Creo que es un recordatorio de la influencia global del legado de Lennon, que trasciende fronteras como un grito a las libertades por las que luchó en su día. ¿Cómo se refleja el legado de este artista en la sociedad cubana?
Hoy por hoy, no estoy seguro. Existen centros culturales dedicados a Los Beatles en algunas zonas del país, y de vez en cuando se han realizado conciertos a modo de homenaje. La estatua sigue siendo para unos cuantos un lugar de peregrinación, por así decirlo, pero hay que asumir que los rockeros son una comunidad cada vez menor, no solo por el éxodo o la cuestión generacional, sino porque cada vez es más común que el consumidor de música promedio escuche una gran variedad de géneros y estilos sin el compromiso o la militancia que se tenía hace 20, 30 o 40 años. Al menos, es mi impresión.
En algunos fragmentos de este libro, veo un paralelismo con la España del régimen franquista, pues al igual que en el Quinquenio Gris (1971/1976), fueron censurados y apartados de la vida cultural un grupo de intelectuales, escritores y artistas que, en algunos casos, tuvieron que huir del país a escondidas si no querían correr la suerte del conocido Federico García Lorca. ¿Qué paralelismos específicos se pueden establecer entre el régimen franquista en España y el contexto cultural y político descrito en el libro?
No he estudiado con detenimiento el régimen franquista como para hacer un paralelismo específico, pero por lo que sé y nos enseña la historia reciente de la humanidad, los regímenes que derivan en sistemas autoritarios o totalitarios suelen tener un interés particular en la regulación cultural, y entre los objetivos prioritarios de esa regulación se encuentra la música.
Capaz lo más relevante que podemos encontrar de contextos como la España franquista o la Cuba post-revolución, y que el libro comparte, es que por más que un aparato estatal intente regular, controlar y producir sujetos, prácticas, ideologías; esos sujetos siempre van a encontrar formas de sortear esas restricciones. Van a crear cultura, van a producir cultura y a demostrar que por más que un sistema intente normativizar una sociedad, van a aparecer esos ruidos en el paisaje, esas otredades, esas formas de resistencia que demuestren que la máquina que creían perfecta tiene fisuras.
Han tenido que pasar por muchos tipos de penumbras, pero nunca han dejado de formarse bandas de todo tipo de rock, pues a mí me llegan hoy en día propuestas para que les haga una entrevista. ¿Cómo se puede explicar la persistencia y la popularidad del Rock en Cuba, a pesar de las adversidades y la poca difusión de su música?
Porque, aunque suene cliché, es un modo de vida. Conozco gente para quien la vida no tiene sentido si no es encima de un escenario o en un cuarto grabando su música. La mera existencia del rock y el metal en Cuba es un milagro colectivo que se sostiene en pequeños gestos. Pequeños y hermosos.

Por otro lado, noto que en las redes sociales abundan bandas de covers que suelen actuar en hoteles, pero son escasas las agrupaciones con temas propios que puedan dejar una huella duradera en la historia de la música, cosa que da que pensar. ¿Es por cuestión de subsistencia en Cuba o por falta de originalidad de los músicos?
Habría que preguntarles a los músicos para saber con certeza. Mi percepción es que las bandas que más actúan son las de covers, precisamente porque es más rentable, y eso da la imagen de que son más. En realidad, hay muchísimas agrupaciones haciendo música propia, pero no siempre tienen la oportunidad de presentarse, o la intención de hacerlo, y por tanto, la visibilidad. También hay que decir que muchos de los músicos que hoy tocan covers tienen excelentes canciones propias, pero el contexto no favorece que ese repertorio se imponga por sobre los covers.
Sobre la originalidad, creo que no siempre un repertorio propio es sinónimo de original. He visto más originalidad en un grupo que modifica un solo de LED ZEPPELIN para que suene diferente o toca un cover de “Bohemian Rhapsody” de QUEEN junto a una banda de metales, que una agrupación de temas propios cuyas composiciones son un calco de SLIPKNOT o PANTERA.
Han actuado en Cuba grupos de renombre internacional, pero al mismo tiempo se ven puertas cerradas, lo cual me parece una paradoja de la política interna en un país tan rico en muchas cosas. ¿Cuáles fueron las razones detrás de la apertura a grupos de renombre en Cuba?
A mi juicio, casi siempre hay que apuntar a qué está pasando a nivel político. El concierto de AUDIOSLAVE, por ejemplo, tuvo lugar en un momento de confrontación con el gobierno de George W. Bush, y que esa banda fuera allí y tocara frente a la embajada gringa (en aquel momento, Sección de Intereses) era matar dos pájaros de un tiro.
Para la banda, una muestra de cuán rebelde y contestatario podía ser el rock. Para el gobierno cubano, un ejemplo de que existía una apertura tan significativa como para permitir que un grupo de rock tocara en un espacio cargado de simbolismo. A fin de cuentas, la rebeldía vende.
Algo similar puede decirse de la visita de THE ROLLING STONES en 2016, en el contexto del deshielo entre Cuba y Estados Unidos durante la presidencia de Barack Obama. Ese concierto masivo en la Ciudad Deportiva de La Habana coincidía con un momento de reposicionamiento internacional del país. Cuba estaba de moda, era algo casi exótico: “la isla que se abría al mundo”.
Y ese exotismo, curiosidad, afinidad o idealización en algunos casos, también ha atraído a varios artistas. Dave Lombardo llevó a SUICIDAL TENDENCIES a Cuba porque de alguna manera reconectaba con sus raíces. SEPULTURA hizo lo mismo. La música de Fito Paéz tenía cierta hermandad con la nueva trova. Y así…
Ahora, no siempre esas negociaciones han sido fructíferas. En no pocas ocasiones hubo rumores de presentaciones de SCORPIONS o METALLICA. Me consta que algunos de esos rumores son reales. ¿Dónde se trabaron las negociaciones? No lo sé.
Mi impresión es que más allá de lo obvio (que toque el que quiera tocar si no me representa un problema y enriquece espiritualmente), la cultura también funciona como diplomacia, como herramienta de legitimación y como vitrina hacia el exterior. Se abre más cuando conviene proyectar determinada imagen y se restringe cuando las bases del sistema pueden correr peligro.
Ha habido muchos tipos de sitios que defendían el Rock, pero hay una cosa que no voy a dejar de preguntarte, aunque es una coyuntura que quizás es difícil de responder para un cubano, ya que fueron dos lugares muy importantes. ¿El Patio de María o la Agencia Cubana de Rock?
No viví nada del primero ni el esplendor de la segunda, así que mi respuesta es esta: a nivel histórico, sentimental y liberador, el Patio. A nivel técnico, la Agencia.

Has contado en todo el libro con un buen plantel de grandes figuras del rock de allí, pero tengo que hacerte una pregunta que es un refrán conocido aquí, pero no sé si será conocido por esas latitudes de la Tierra. ¿No son todos los que están, ni están todos los que son?
Te diría que no están todos los que son. Pero los que están, son.
¿Rock cubano o rock hecho en Cuba?
Difícil de responder. Yo diría rock cubano a aquel con repertorio propio. Aquel que aunque no tenga un sello distintivo como el argentino, es hecho por cubanos que se reconocen como tal.
A pesar de años de lucha, todavía existen numerosos obstáculos, prejuicios, divisiones entre roqueros, evasión de la realidad, discriminación, miedo, hipocresía, burocracia, falta de motivación… ¿Qué mensaje has intentado transmitir a través de este libro?
Que el arte puede florecer incluso en la adversidad, y que pocas cosas son tan poderosas como la voluntad humana de perseverar.
No diré que es el episodio que me gustó más de todo el libro, porque es imposible decidirse por uno, aunque uno de los que salvaría sería “Futuro Inmediato” (CODA). ¿Cómo surgió ese texto tan peculiar que sirve para despedir la obra?
Nació de dos ideas. La primera era el epílogo original de la primera versión del libro (aquella de la tesis). Quería dar una especie de cierre a los personajes después de las entrevistas, en plan “qué pasó luego”, “qué está haciendo ahora”.
La segunda proviene de una crónica publicada en AM:PM, de un número especial dedicado a espacios emblemáticos de la música en Cuba. Quise retratar un teatro Maxim Rock (el epicentro del rock y el metal de La Habana desde los años 2000) como un ser consciente, que se cuenta a sí mismo, y sufre el deterioro de la crisis.
Para la versión final del libro, quise retomar un poco esa idea. El Maxim Rock parece pequeño comparado con el Patio de María, que se roba el protagonismo por la época principal en la que se ambientan las historias. Sin embargo, el Maxim es un sobreviviente, es el edificio que hoy queda en pie como testigo de esa historia.
No es protagonista, pero los protagonistas sí han estado allí o se han relacionado de alguna forma con él. Entonces, con lo que “él sabe”, se puede armar un pequeño epílogo o coda que describa la crisis actual a la vez que dé cierre a la historia de cada personaje.
El título de ese texto proviene de una canción de Santiago Feliú, “Futuro Inmediato”, que me parece espectacular y que encarna mi idea con este epílogo. Es un cierre, pero no uno definitivo. Es hasta donde pude contar la historia en ese libro. Y Santi lo resume muy bien: “Pero yo tengo fe en que la vida será más larga / Que hasta donde podamos hacer la historia”.
Mi colega apasionado de la música, en la distancia nos vamos a ir despidiendo con un cordial saludo afectuoso. Espero que alguna vez en la vida pueda cruzarme contigo para estrecharte la mano y tomarnos unos tragos a la salud del movimiento del Rock. ¿Algo que añadir como epitafio para despedir la entrevista entre dos apasionados de la música?
Solo agradecerte por el trabajo constante e invitar a los seguidores de MetalCry.com a leer mi libro. Amén por el encuentro, ¡y salud!
(Tomado del webzine español Metalcry)
