Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando el hombre se irguió y lo miró de frente. El “Jabao”, como el otro lo llamó, tenía una cicatriz que atravesaba su rostro, y Honorato Hernández recordó la primera frase del cuento de Borges que más le gustaba. Pero no sonrió por la coincidencia, la figura del sujeto lo había impresionado: era enorme, de manos como mazas; una cabeza repulsiva, hinchada, con cráteres: huellas de un implacable acné juvenil; y coronándola, una pelusa rojiza, desordenada; luego se fijó en sus ojos, pequeños, incisivos, ocultos en la masa del rostro.
La lancha era pequeña, liviana, una lancha rápida. Subió detrás de su amigo Mauricio, le alcanzó la mochila, la propia también. Ya dentro vio a otras personas, entre ellos una niña. El Jabao arrancó el motor fuera de borda de un solo y poderoso tirón. El sonido hirió la quietud de la noche. “Se oye demasiado”, pensó Honorato. Le aterraba que la lancha fuera descubierta por el guardacostas, los detuviera y luego él tendría que enfrentar a sus padres, quienes querrán sacarlo de la cárcel, entonces sabrían lo otro. ¿Qué pensaría su padre, militante del Partido, cuando le llegara la noticia de que su hijo había sido arrestado por querer irse en una lancha a los Estados Unidos? ¿Y lo del robo? Se iba a podrir en la cárcel. Más de mil veces su padre había declarado que el hijo que desertara para la tierra del enemigo ya no sería más su hijo, igual que si tuviera un hijo ladrón, o peor, eso jamás. Honorato sacudió la cabeza, era mejor alejar los malos pensamientos.
—Brother, esa casi es tu propia historia —Bernardo le da un leve empujón—. Ese es tu padre, ¿no? El que no va a querer saber de ti, deja que se entere… tú sabes que eso va a pasar de verdad, ¿no?
—Sí, lo sé —contesta Yudiel.
Honorato confiaba en sus corazonadas. Las pocas veces que no les daba importancia, a la corta o a la larga se veía envuelto en alguna situación desagradable; por eso tenía fe ciega en su sentido común, como ahora. Se hallaba alerta, con la sensación de que algo no andaba bien, y no sabía definir qué era. Miró hacia el otro extremo de la lancha: el Jabao cuchicheaba con el otro, lanzando miradas furtivas hacia ellos.
—Definitivamente ese eres tú —interrumpe Bernardo—, a ti te dan corazonadas, ¿no? Una vez me dijiste eso.
De súbito el Jabao irguió la cabeza, los oídos alertas. Prestaba atención a algo que Honorato no podía percibir. En los cuatro puntos cardinales solo se veía mar, mar, mucho mar oscuro, monstruoso, con olas como grandes serpientes marinas reptando por debajo de la lancha, elevándose peligrosamente; y más allá nada, oscuridad.
El otro apagó el motor, ambos escucharon. Honorato y Mauricio escuchaban, también los demás tripulantes. La niña se despertó, tal vez por tanto silencio. El ruido del motor, el vaivén de las olas y la brisa con olor a mar la habían adormecido desde que zarparon. Masculló algunas palabras.
—Que se calle la niña —dijo el Jabao.
Todos se hallaban en estado de alerta, tratando de escuchar aquello que mantenía en suspenso al Jabao, pero el ronroneo de las olas lo abarcaba todo. Mauricio fue el primero que lo vio, luego el Jabao, que se paró a otear el horizonte. Una luz, dijo alguien. Casi enseguida comenzó a escucharse el sonido inconfundible de un motor de lancha.
—¡Las luces! —dijo el otro. El Jabao apagó el foco.
Ahora se hallaban a oscuras, en silencio. El sonido se acercaba, ya no quedaban dudas. La niña dijo algo.
—¡Que callen a esa niña, carajo! —gruñó el Jabao.
El sonido se hacía más nítido y la luz se movía a lo lejos. El Jabao se deslizó en silencio y hurgó en una caja de madera. Extrajo dos objetos de metal, uno se lo entregó al otro y se quedó con el más voluminoso. Todos observaron la acción, expectantes, ya no le prestaban atención a la luz y el sonido. Honorato aguzó la vista, se acomodó los espejuelos.
“Parece…”, se dijo, “parece, parece una…”
—Si se acercan… —dijo el Jabao, y rastrilló el arma.
Hubo una conmoción entre los tripulantes, Honorato palideció. ¿Una ametralladora?. El otro rastrilló algo que parecía una pistola, todos comenzaron a hacer comentarios. Nadie dijo que iban a haber armas, dijo alguien en voz alta. Honorato y su amigo se unieron a los comentarios.
—Ustedes no pero nosotros sí —dijo el Jabao—, y cállense, carajo, que nos van a descubrir. Si eso pasa, aquí va a llover plomo.
—Brother, esa frase es de película vaquera —interrumpe Bernardo.
—¿Falta mucho? —dice Yudiel como respuesta.
—Aquí no hacen falta esas cosas —dijo el que había protestado en voz alta—, hicieron mal en traerlas, eso es peligroso para todos nosotros.
—¡A callar, carajo! —el Jabao apuntó hacia él.
—Bueno, sigue contando a ver qué pasa.
El hombre no habló más, se sentó rápidamente. Los murmullos cesaron y nuevamente el Jabao prestó atención a la mar, pero ya no se escuchaba el sonido de la lancha. Todos otearon hacia el horizonte en brumas, también la luz había desaparecido.
—Yo pregunto, ¿de dónde sacaste el nombre ese de Honorato? Está cheo, compadre, ¿no lo puedes cambiar?
—No, no puedo —responde Yudiel—. ¿Falta mucho?
—Un poco —responde Bernardo.
—De Balzac…
—¿Qué?
—El nombre… lo saqué de Honorato de Balzac, un escritor. ¿De verdad falta mucho?
—Ya casi, compadre. Dale, termina el cuento.
El jabao lanzó un suspiro de alivio que más bien parecía el resoplido de un toro. Puso el arma a su lado, el cañón apuntando al cielo sin estrellas. Esto merece un trago, Navajita, dijo. Era la primera vez que todos escuchaban el apelativo del compañero. Todos comenzaron a relajarse, algunos se desperezaron. El Jabao extrajo de algún lugar una botella, se dio un trago largo, le pasó la botella a Navajita: no perdamos tiempo, le dijo.
Otro de los tripulantes se levantó, parecía el padre de la niña. El Jabao lo miró, desafiante. Qué te pasa, le dijo.
—El asunto de las armas… no hemos terminado de discutirlo. No nos gusta que haya armas en la lancha, es peligroso para todos nosotros, aquí hay una niña, pudiera resultar herida por cualquier accidente.
—Esto es para que los guardacostas no nos cojan, tú —contestó Navajita.
—Nosotros queremos que boten las armas, la vida de todos está en juego mientras esas armas estén a bordo —dijo el hombre.
—¿Qué? ¿Oíste eso, Navajita? —el Jabao carcajeó. Se irguió lentamente, sin dejar de reír. Parecía un enorme oso al lado del hombre que comenzó a sentirse intimidado.
—Esto —colocó el cañón de la ametralladora en el pecho del hombre— costó un dineral. ¿Quién tú te crees que eres para decirme a mí que tire esto al mar?
—Nadie… —el hombre carraspeó—, quiero decir que nadie habló de traer armas en este viaje, cuando se cuadró, ustedes nos mintieron.
—La lancha es mía y de Navajita, ¿qué te parece?, y nosotros traemos lo que nos dé la gana, porque a mí nadie me va a coger preso, me tienen que matar primero. ¿Y tú? —lo empujó con el cañón—, ¿quién coño tú te piensas que eres, el presidente del Comité? ¡A sentarse, carajo!
El hombre retrocedió, se sentó lentamente sin dejar de mirar el cañón de la ametralladora. La niña se abrazó a él.
—¡Aquí se hace lo que yo quiera! ¡El próximo que diga algo más le pego un tiro!
Bernardo extrae un pomo de la mochila, se da un trago. A lo lejos ya se recorta un horizonte de mar, la noche está clara.
—Ahorra agua —le dice Yudiel.
Nadie hablaba. El ruido del motor fuera de borda se hizo omnipresente, acompañado esporádicamente por el ronroneo del oleaje y el sonido del agua al ser cortada por el casco de la lancha. La espuma humedecía las ligeras ráfagas de viento que llegaban hasta ellos. Hacía frío.
—¿Por qué no metes ahí una tormenta? —interrumpe Bernardo—. Eso haría la historia más excitante.
—No, en todas las historias de balseros siempre hay una tormenta y gente ahogada y esas cosas. Yo quiero otra cosa, no repetir los mismos clichés de siempre, que si se hunde el bote y atacan los tiburones, que si se mueren de insolación… por eso lo inventé todo de noche, como ahora.
—Como ahora, sí —Bernardo miró al cielo, por suerte despejado, no la pesadilla que estaba describiendo Yudiel—. Bueno compadre, en esas historias casi siempre pasa eso de las tormentas y la gente ahogada. ¿Y los tiburones? Eso nunca falta.
—Bueno ya, ¿sigo?
—Sí, pero camina más rápido, ya estamos llegando.
El Jabao y Navajita cuchicheaban de nuevo, discutían. La expectación volvió a ocupar al resto de la tripulación. Frases sueltas llegaban hasta ellos, era algo sobre la niña. Honorato volvió a sentir la corazonada, el pulso se le estaba acelerando.
Navajita fue el primero que se paró, se acercó a ellos y miró por un instante a la niña. ¿Pasa algo con ella?, dijo el padre.
—Todos empiecen a sacar el dinero —respondió—, y rápido.
El hombre que acompañaba al padre de la niña se levantó lentamente.
—Quedamos en que les íbamos a dar el dinero cuando llegáramos a Miami, ¿no? — dijo.
La pistola brilló en el aire antes que la culata se estrellara en el rostro del hombre. La niña comenzó a llorar, el padre de ella se levantó, Navajita apuntó hacia él.
—¿Qué vas a hacer? —le dijo— ¿Quieres hacerte el valiente?
—Mátalo —dijo el Jabao desde el otro lado de la lancha.
Todos quedaron petrificados. Honorato se abrazó instintivamente a la mochila, Mauricio adoptó una postura como si se fuera a lanzar por la borda. El hombre que había sido golpeado yacía en el suelo, sangrando, pero no había perdido el conocimiento.
—¡El dinero, arriba! —dijo Navajita.
Y comenzaron a aparecer los paquetes de billetes, algunos envueltos en nylon, otros amarrados con ligas. Honorato le había hecho una seña a Mauricio, quien sacó de su mochila unos sobres amarillos hinchados de dinero, la pequeña fortuna que habían amasado en una sola noche. Honorato trabajaba en un laboratorio de computación y Mauricio era el custodio. La noche antes, a las dos de la madrugada, en la guardia de Mauricio, cargaron con las computadoras en el carro del papá de éste y las llevaron hacia el contacto, que les pagó al momento; luego se fueron para la playa de Caletones, escondieron el carro y esperaron la noche, a la hora en que llegaría la lancha. Mañana encontrarán el carro entre las matas de uva caleta y ellos ya estarían en Miami, lejos de la persecución de la PNR. Pero ahora no sabían en qué iba a terminar aquello.
Navajita fue reuniendo el dinero, vigilaba el movimiento de los demás con el rabillo del ojo, la mano firme en la pistola. ¿Ya, esto es todo?, dijo.
—Revísalos bien —dijo el Jabao.
Navajita se volvió hacia ellos, el arma empuñada. De casualidad el cañón estaba dirigido hacia la niña. El padre se asustó, le clavó a Navajita una mirada de odio.
—Arriba: anillos, cadenas… todo lo que tengan de valor, ahora y rápido, lo quiero ahí, en el suelo. Tú —se dirigió al padre de la niña—, quítale la cadenita esa que trae, ¡rápido!
Pero fue poco lo que se recaudó. Navajita se agachó y lo atrajo todo hacia la loma de billetes que yacía en el fondo de la lancha.
—Ya esto es todo, Jabao, ¿qué tú crees si cogemos las sogas y…?
No terminó la frase. El Jabao se había parado, lanzando un rafagazo de ametralladora. Navajita se lanzó al fondo del bote, cubriéndose la cabeza.
Cuando Honorato abrió los ojos vio que su amigo Mauricio sangraba de un brazo. Gritaba, cubriéndose la herida, que no dejaba de manar sangre. Miró a los demás; habían adquirido posturas grotescas en el fondo de la lancha, todos ellos sin vida. La niña había muerto con los ojos abiertos.
—¡Coño, Jabao, qué pasa! —Navajita se levantó, tembloroso—. Asere, ¿te volviste loco?
Honorato estaba petrificado, frío, con un susto de muerte; no quitaba los ojos del rostro de la niña que yacía sobre el cuerpo del padre como una muñeca rota. El Jabao se acercó con la ametralladora en alto: lánzalos al mar, le dijo a Navajita.
—Coño, Jabao, compadre, se te fue la mano, no tenías que haber hecho eso.
—Tenemos que regresar, hay otro embarque en Puerto Padre. Después de eso sí nos vamos para la yuma de verdad, Navajita, tú y yo, millonarios. Lanza a toda esta gente al mar, que se los coman los tiburones.
El terror invadió a Honorato, que alzó los brazos instintivamente. El Jabao le apuntaba a ellos.
—No vaya a disparar, por su madre —le dijo—, yo no se lo voy a contar a nadie, se lo juro… a nadie, nadie, nadie, nadie, por mi madrecita que a nadie, de verdad, se lo juro, pero no me mate, por favor, no me mate.
—¿Y dejar vivo a dos testigos? —el Jabao carcajeó—. ¿Oíste eso, Navajita? Que lo deje vivo, qué gracioso.
Y Honorato no se atrevió a decir más. En menos de un segundo se arrepintió de haberse embarcado en aquella empresa, todo por irse para un país donde no lo miraran mal por ser rockero, y donde podría formar un grupo de rock con todas condiciones. Sí, Honorato, la tierra del rock and roll, de tus grupos preferidos, por eso te llenaste de valor para hacer todo lo que hiciste.
Por la mente de Honorato desfilaron las últimas imágenes de sus padres y deseó estar de vuelta, al lado de ellos, lejos de esta pesadilla. Luego, el relámpago.
—Coño, compadre, compadre, compadre, ¿cómo se te ocurre ese final? —Bernardo se había detenido, Yudiel también—. Lo de irse por el asunto de la discriminación de los rockeros en este país está ok, por eso tú y yo nos vamos también, ¿no? Para que no nos jodan más con la mierda esa del diversionismo ideológico y que si el rock es la música del enemigo y todas esas porquerías. Y tú para al fin hacer un grupo como Dios manda, ¿no? Bastante que te patearon en la Casa de la Cultura.
—Sí, pero…
—Pero nada, compadre, ¿cómo se te ocurre hacer un cuento que termine así, precisamente cuando nos vamos echando del país? ¿Tú quieres ser ave de mal agüero? ¿Tú quieres que nos pase algo parecido? Nos vas a dar mala suerte, compadre.
—Me inspiré, eso fue lo que se me ocurrió.
—Coño, pero no te inspires más así, compadre. Y dale que ya estamos aquí, y a mí no me vuelvas a hablar más de cuentecitos ni nada de eso. Háblame de la yuma, que ya siento olor a chicle y Coca Cola.
Bernardo echa a andar, cambiando el rumbo. Se adentra en la vegetación, Yudiel lo sigue. Caminan un trecho hasta que llegan a un trillo. Siguen por esa vía, apuran el paso, se escucha el sonido de un motor de lancha. Ya llegaron, dice Bernardo.
Un claro se abre ante ellos, a su izquierda una lengua de agua. Bernardo baja por la pendiente, Yudiel detrás. Llegan hasta una pequeña playa, la lancha ya había llegado. Una figura se hizo visible.
Hubo el chasquido de un interruptor, el interior de la lancha se iluminó. Bernardo y Yudiel vieron que allí había más personas.
—Ya estos son los últimos, Jabao —escucharon.
Fue entonces cuando Yudiel lo vio, irguiéndose lentamente como un gran oso. La misma cara hinchada, los ojos ocultos tras la masa del rostro, la cicatriz horrenda; y un escalofrío lo estremeció, como si una fría araña hubiera trepado por su espina dorsal.
(Este cuento pertenece al libro Morir con las botas puestas, que puedes descargar en nuestra sección de Libros de rock y metal cubano)
