X Alfonso fue durante décadas uno de los reyes de La Habana. Dicho de otro modo, de La Habana (musical) más underground. Comenzó siendo muy joven anclado en un linaje que lo puso a beber de su tiempo y lo llevó a incorporarse a una fusión contemporánea en la que el único límite era romper los límites de la noche. O de la vida. Sus conciertos durante los años 90 y las dos primeras décadas de los 2000 en festivales del circuito alternativo y en grandes teatros eran una de las paradas más convocantes de la escena nacional.
Años atrás, diría bastante años atrás (no sé por qué tengo la ingenua percepción de que el tiempo en Cuba ha pasado demasiado rápido), fue parte del cartel de Brigada Verde, un festival que marcó un momento muy interesante en el circuito underground y mostró una libertad poco conocida entre aquella panda de adolescentes y jóvenes que compartían sus madrugadas y el fuego de los años jóvenes con artistas que tenían su misma franja de edad y sus mismas ilusiones de abrazar aquel tiempo que se vivía en las madrugadas capitalinas como una danza salvaje.
El concierto de X no ocurrió en el parque Martí, donde Brigada Verde organizó su última edición si la memoria no me traiciona. Al menos la memoria. Fue en uno de esos clubes sociales del Vedado cuyo nombre ahora no recuerdo (quizás algunos de ustedes guarden aquella noche en los libros de la buena memoria, como diría el tema de «Invisibles», que sirvió de homenaje a Spinetta).
Pero sí recuerdo a un X con 20 o 30 años menos atrapado por el espíritu del grunge y con una banda detrás que le prendía fuego al vocalista. Creo que fue mi primer directo de X y la experiencia se repetiría de diversas formas años después, cuando el músico confirmó su versatilidad con una serie de discos que forman parte de las vanguardias musicales internacionales. Recientemente lo volvió a hacer con Ancestros Sinfónico, un álbum en el que Síntesis (donde arrancó todo) volvió sobre sus raíces y nos puso en las manos una joya que espero recorra el circuito internacional como corresponde a una obra de tal magnitud.
El músico ha celebrado algunos conciertos íntimos en Fábrica de Arte, pero han sido espectáculos digamos hacia adentro, como si tratara de poner en forma los años para estar listo para esos mejores tiempos que los cubanos merecen aunque la esperanza sea una hoja medio muerta en medio del camino.
Siempre echo de menos que X no interprete en vivo los temas de su álbum debut Mundo Real, el disco más introspectivo de su discografía y uno de sus álbumes que relevan mejor la personalidad del músico, sin los necesarios artificios de la escenografía y la fama acumulada por méritos propios. He creído siempre que la mejor manera de conocer la obra de un artista es haber sido parte de su generación o de la generación que lo vio definir puntos de evolución sobre el escenario y de la cultura cubana.
No creo que X recuerde aquella noche de una época, de un país que solo vive entre los recuerdos difusos de los cientos de jóvenes que estuvieron allí y hoy están en cualquier punto de la geografía mundial porque no tenían cabida en el país donde tuvieron, digamos, su formación musical. Un país donde quizá en un futuro que no sé si veré debería volver aquella libertad de una brigada verde y donde quizá otro músico del underground, por una noche, se convierta en todos los iconos que viven en su cabeza y ofrezca un directo que recuerde la esencia de aquello que un día fuimos. O que nos borre para siempre.
