Imagen generada con Leonardo.AI
—¿Me puedo sentar aquí?
El Lúcifer levanta la cabeza. De pie frente a él se halla un muchacho de rasgos pétreos, ropa oscura y pelo recogido en una cola. Hace un mohín de disgusto. Se había sentado allí, lejos de todos con la intención de tener un rato de soliloquio, y aquel intruso viene a perturbar su tranquilidad.
—Yo soy el Hetfield —dice el desconocido, saludándolo.
El Lúcifer observa la mano, luego el rostro inexpresivo del muchacho. Trata de identificar su mirada: muchos se acercan a él con la admiración bailando en sus pupilas, o lo miran con odio mal disimulado; algunos con respeto, miedo; en escasas ocasiones desafiantes, pero el muchacho lo estaba mirando de manera fría, clínica.
—Vete echando de aquí, no estoy para nadie —le responde.
El desconocido no se inmuta, sus ojos siguen fijos en él, gélidos e inexpresivos.
—Lástima, yo traía una canequita de alcohol para descargar un rato.
El Lúcifer se anima, no se le había ocurrido lo del alcohol para despejar los cuervos que revolotean en su mente. Mala idea había sido rechazar la botella que el Pasta le ofreció el primer día en el camión, pero ahora desea tener la botella de vuelta.
—Dame acá ese trago —dice el Lúcifer—, y siéntate, qué más da.
El Hetfield se sienta. El Lúcifer toma la caneca y la contempla por un instante antes de darse un buche profundo.
—Hace rato que quería tallar contigo —dice el Hetfield—, pero no sabía cómo acercarme a ti, te veía en las peñas pero siempre estabas conversando con alguien. —Y qué coño quieres tallar conmigo —otro maldito guataca, piensa el Lúcifer. —Nada, es que yo soy tu más grade fan. Yo quería conocerte, hacer amistad, vaya…
Hace silencio, como titubeando. El Lúcifer sonríe internamente; en su fuero íntimo le gusta ser halagado a pesar de sentir desprecio por los aduladores.
—Hoy no estoy pa´ nadie, ya te dije.
—Yo quiero ser igual que tú, es decir, un friki de verdad igual que tú.
—Tienes mucho que aprender, chamaco —el Lúcifer se da otro trago, otea a lo lejos: algo sucede detrás de uno de los albergues—. En esta vida lo principal es la música, oír mucha música.
—Sí, Metallica.
—Metallica no lo es todo, chamaco, y más ahora que están hechos una porquería. Yo no sé cómo a ti no te da pena hacerte llamar el Hetfield.
—Es que a mí me sigue gustando Metallica. Me gustan los discos de ahora y los de antes también. El Master…
—¿Qué estarán inventando esa gente ahí? —interrumpe el Lúcifer, escudriña a lo lejos—. ¿Quieres que averigüe por ti? Voy a ver, espérame aquí —el Hetfield se levanta. Cuando regresa lo sorprende la risa estrepitosa del Lúcifer, como si se burlara de su muestra de servilismo. El Hetfield trae consigo un jarrito humeante. Al llegar se sienta cerca del Lúcifer, pone rápido el jarrito en el suelo, a sus pies.
—Mira en qué estaban aquellos —le señala el jarro.
El Lúcifer observa el contenido: qué es eso. El líquido verdoso lanza al éter una estela de humo, persistente y reptante, como una serpiente fantasmagórica.
—Clarín —responde el Hetfield.
El Lúcifer sonrie para sus adentros: ahora sí va a espantar los cuervos. La caneca de ron pronto se acabará y no va a lograr la nota que desea. Quiere irse del mundo, sentirse en éxtasis y olvidarse de todo y de todos.
Adelanta la garra y toma el jarrito. El Hetfield había forrado el asa con los restos de una caja de cigarros, pero no es suficiente para disipar el calor. El Lúcifer la pone rápidamente a sus pies, abre la caneca y vierte el resto del contenido en el jarrito.
—¿Tú estás loco? —el Hetfield casi se levanta.
El Lúcifer observa el jarro ya no tan humeante, lo mira con codicia, sonríe. Los dientes de depredador le dan a su rostro un aspecto mucho más repulsivo. Comienza a beber.
—¿Por qué no te he visto pinchar desde que empezó esto del contingente? —dice el Hetfield al cabo de unos minutos—, ¿y eso?
—Yo no vine a pinchar. ¿Tú crees que yo estoy pa´ esa payasá de limpiarme ante la sociedad? Yo no sé cómo tú crees en esa mierda, a los rockeros siempre nos van a mirar mal, chamaco. Por mí toda la sociedad se puede ir pal carajo.
El Hetfield lo observa en silencio, luego el jarro que el Lúcifer extiende hacia él: no jodas más con esa mierda y dátelo, escucha que le dicen. El té ha adquirido una coloración extraña, peligrosa, y el Hetfield toma el jarrito con cautela, luego mira al Lúcifer. Aquel ya se ha acostumbrado a su mirada clínica, fría; ya no le molesta, pues le parece que no hay atisbos de cálculo detrás de aquella fijación, sino algo que no puede explicar, una ausencia de miedo, una falta de sentimiento, como quien observa un objeto sin vida y no le importa.
—Alguien una vez me dijo que eras satánico —dice el Hetfield—, que hacías ceremonias y esas cosas.
El Lúcifer le quita el jarro, se da un buche heroico, carraspea.
—Algo he hecho, chama.
****
El Pasta se detuvo un instante para observar la estatua que se hallaba ante él. Sobre un pedestal gris el ángel marmóreo rezaba en un gesto perpetuo. Recuerda la blasfemia que estaban haciendo. Él no era un santo, lo sabía bien, pero creía en Dios. Lamentó que la aventura hubiera tomado aquel rumbo… y todo por culpa del Lúcifer.
Recogió las ramas secas y echó a andar entre las tumbas, buscando la ruta por donde había venido. Todo estaba oscuro. Al avanzar un poco comenzó a escuchar murmullos y jadeos. Se preguntó qué habría inventado ahora el Lúcifer.
Cuando llegó quedó petrificado de la sorpresa. El Lúcifer estaba sentado en el borde de la tumba donde todavía se hallaba el gato mutilado, los huesos y el cráneo humano, embarrados de la sangre del animal. Frente al Lúcifer, de rodillas sobre su propia ropa, completamente desnuda, la muchacha chupaba el miembro largo y delgado de aquél, ronroneando como una gata. Detrás de ella, arrodillado también y con los pantalones en las rodillas, el Vara la penetraba con fuerza. El Pasta dejó caer las ramas.
—Qué clase de resingaos son ustedes. ¿Para esto me mandaron a recoger ramitas y mierdas?
Dos horas antes los tres habían estado en la peña de Rock del Caligari. Al operador del audio se le había ocurrido poner un himno rockero y la masa de melenudos se lanzó hacia los bafles. El Caligari se convirtió en un océano de cabellos cuya marejada cambiaba de dirección al compás de la música. El Pasta observaba aquello acariciando el vasito plástico que contenía dos líneas de ron. Por suerte el hecho inusual le daba un sabor distinto a la noche, pues en la mayoría de las peñas los frikis se mantenían impávidos, conversando y bebiendo.
El Vara apareció de súbito con una amplia sonrisa iluminado su rostro. Hay una talla ahí, dijo, estaba excitado. Una loca, continuó, me dijo que hoy se atrevía a templarse hasta cinco al mismo tiempo, para mí que está drogada.
El Pasta hizo silencio por un instante, procesaba la información. ¿Cinco dijo? El aburrimiento se esfumó de repente, ¿Que se singaba a cinco, dijo ella? El Vara respondió afirmativamente.
—Vamos a buscarla —dijo el Pasta.
La decepción fue grande. El Pasta se había imaginado que era alguna de las tantas frikis increíblemente bellas que pululan por las peñas y conciertos. A costa de muchas se había masturbado unas cuantas veces. Ellas: frondosas, exuberantes, vestidas sexy, muy sexy, principalmente las góticas, pero el Vara le había presentado una muchachita menuda, de ojos gatunos enturbiados por sabría Dios qué sustancia alucinógena. Y me singo hasta a seis, enfatizó ella.
Por el camino se toparon al Lúcifer. Adónde van, les dijo al verlos, miró a la muchachita, como adivinando, y el Pasta perdió la tranquilidad, luego sintió pánico cuando el Vara le contó el plan y sobrevino lo esperado: Yo voy también en esa ¿no. Qué importa, respondió la muchacha, que venga también.
La idea del cementerio había sido del Lúcifer. Tomaron una guagua y al llegar al cementerio de Mayabe se toparon con que los custodios estaban más alcoholizados que ellos mismos. Vamos para allá atrás, para los nichos, dijo el Lúcifer, y entraron sin problemas.
Las luces eran escasas y no había luna. Al avanzar un trecho ya casi no veían nada. Unos ojos resplandecieron encima de una tumba, al pie de una cruz, y todos se detuvieron de golpe. El Lúcifer recogió una piedra del suelo y la lanzó con fuerza, un grito casi humano estalló. Al Pasta se le erizó la piel, la muchacha se le abrazó. El Vara había retrocedido, listo para dar la carrera de su vida. Voy a ver que era eso, dijo el Lucifer en aquel momento.
—¿Ustedes me están oyendo? —el Pasta se adelantó unos pasos, pisoteó las ramas.
—Cállate, cojone —contestó el Lúcifer con los ojos cerrados.
La muchacha lo estaba masturbando con la boca y había cobrado un movimiento frenético. El Vara perdía el ritmo, se hallaba algo incómodo, no tenía la misma altura de la muchacha.
—¿Ustedes se piensan que yo soy comemierda? ¿Así que yo recogiendo palitos y hojitas, y ustedes singando?
Y miró el circo que había armado el Lúcifer: el gato que pensaban era un espíritu del cementerio y que el Lúcifer mató de una pedrada en pleno rostro; los huesos tomados de un nicho, el cráneo humano. Cuando llegaron a la tumba que el Lúcifer había elegido, aquél preparó una ceremonia: degolló al gato muerto, lo agarró por la cola para que la sangre fuera cayendo sobre los huesos y comenzó a aullar una plegaria en lenguaje desconocido. Lo hacía en un tono y una vehemencia que la muchacha, al escucharlo, estuvo a punto de marcharse: me da miedo, dijo. Cuando el Lúcifer terminó se dio vuelta directamente hacia el Pasta: ve a buscar ramas secas o algo de madera, le dijo, vamos a hacer una fogata para que esto dé resultado.
—Lo dejamos de último —dijo el Lúcifer, carcajeando como una hiena. El Hetfield sonrió a medias—, y así y todo no pudo hacer nada, se quedó con las ganas de singar.
Unas luces aparecieron: qué están haciendo ahí, dijo alguien. La muchacha se puso la falda, la blusa, sin darse cuenta de que estaba al revés. El Pasta se subió los pantalones al instante, el Lúcifer recogió el cráneo de encima de la tumba, todos corrieron. En el lugar quedaron el gato muerto, los huesos, la ropa interior de la muchacha y un pequeño charco de semen que ella había escupido.
Al salir vieron que casualmente una guagua llegaba a la parada. La abordaron. El Lúcifer traía el trofeo envuelto en su pulóver, a la vista el torso desnudo casi repleto de tatuajes demoníacos. Se sentó al lado de una estudiante de medicina que instintivamente se arrimó al cristal de la ventana. El cigarro de marihuana que habían consumido rápidamente cuando el Pasta buscaba las ramas secas ya estaba haciendo efecto. Reían sin motivo, rompiendo el silencio. La muchacha no se daba cuenta que un hilillo de semen le corría por uno de los muslos.
—Todavía no sé por qué me dio por hacer eso —puntualiza el Lúcifer. ¿De dónde eres, del Combinado Lácteo?, le dijo a la estudiante. Ella no contestó, trataba de concentrarse en el paisaje nocturno que pasaba raudo por la ventanilla. Apuesto a que estás fugada de la facultad, prosiguió el Lúcifer, deben ser como las 2 de la madrugada, ¿No? Una y diez, contestó ella de mala gana. El Lúcifer sonrió con ferocidad, se dio cuenta que el chofer lo vigilaba por el retrovisor de la cabina. Eres del Combinado Lácteo, prosiguió, putas que son todas ustedes. Ella se removió inquieta, lo miró un instante con el rabillo del ojo. ¿Tú sabes quién soy yo?, le clavó una mirada feroz que contrastaba con su sonrisa de carnívoro. Yo soy el diablo, Lúcifer, la majestad infernal de esta mierda de provincia, el que hoy va a poseerte.
—Y le saqué la calavera. Me había llevado también la mandíbula y la moví como si estuviera riéndose, se la acercaba a la cara. Se cagó del miedo, ja.
El Lúcifer no se dio cuenta que alguien se había plantado a su lado. Era un hombre de aspecto hierático, bigote canoso, pelo cortado a lo militar. De dónde sacaste eso, dijo. A ti qué te importa, contestó el Lúcifer. El Pasta se levantó del asiento, el Vara también, el hombre solo se fijó en la presencia del Vara. Me lo encontré, dijo el Lúcifer, se levantó, encaró al hombre, me lo encontré botado. Eso no puedes habértelo encontrado por ahí, te lo robaste del cementerio, dijo el hombre.
La guagua llegaba a una parada: con su permiso, “Metido-en-lo-que-no-te importa”, me quedo aquí, dijo el Lúcifer y le dio la espalda. Entrégame esa calavera, escuchó, no vas a llegar muy lejos. Ya el Pasta se había bajado, el Lúcifer se acercó a la puerta: atrévete a quitármela si puedes, le contestó al hombre antes de tocar la acera. El Vara se bajó después, la muchacha había desaparecido.
—Me mandó a circular el muy hijo de puta —el Lúcifer mueve el jarrito, se hace un pequeño remolino en el líquido—. Nos cogieron a mí y al Vara. Al Pasta no, el tipo nunca lo vio, ni a la jeva tampoco, me preguntaron si había alguien más con nosotros, pero yo firme, en la estación tuve tiempo de decirle al Vara que si delataba a alguien lo iba a matar en la cárcel.
—¿Entonces el Vara ha estado preso otras veces?
—Él salió bien, el que se jodió fui yo por profanación de tumbas, ocho meses, chama, no se compara con lo que ahora le han echado al Vara, lo cogieron con droga escondida en el chasis de la computadora, ¿lo sabías?
—¿Lo hubieras matado si le hubiera dicho algo a la policía?
—¿Lo dudas, chama?
El Hetfield lo mira en silencio por un instante.
—¿Has matado alguna vez? —le dice de pronto.
—Y a ti qué te importa.
Vuelve a hacer silencio, toma impulso.
—Cuéntame de Yolanda.
El Lúcifer se levanta lentamente, mira al Hetfield con el furor reverberando en sus ojos turbios.
—¿Qué coño te pasa? —gruñe. El Hetfield tensa los músculos del cuerpo— ¿Qué es eso de Yolanda ni un carajo?
—Yolanda, la jevita aquella, la del problema, tú sabes. Hubo quién dijo que habías sido tú.
—¿Qué pinga tú eres, policía?
—Cálmate, nadie te está interrogando.
—¡Te despingo la cabeza, comemierda, quién coño eres tú para estar preguntando que si Yolanda ni un carajo!
—Te voy a confesar algo… —el Hetfield modula la voz.
—¡Qué carajo tú vas a confesar de qué! Voy a contar hasta tres para que te vayas pal coño de tu madre.
—Tú no eres el único —responde el Hetfield tranquilamente—. Lo del Gena lo hice yo.
El Lúcifer queda mudo de la sorpresa, mira al Hetfield través de la nebulosa propiciada por el té alucinógeno, sonríe en una mueca sarcástica. Por unos segundos pasan por su mente infinidad de imágenes: el Mosque, la conversación sobre el Gena en el Club Atlético, las persecuciones a hurtadillas, el parque del12 plantas, el Gena y su encuentro secreto con aquel desconocido, la sorpresa, la determinación, el Gena ya solo en el banco… Sí, el Gena.
—Así que lo del Gena lo hiciste tú, ¡qué lindo! —el Lúcifer se va sentando lentamente, su rostro luce una expresión divertida—. El chama quiere anotarse la pata del Gena, ¡qué bien, caramba!
—Yo también soy capaz… como tú.
—Matín el matón te dicen, qué gracioso —el Lúcifer desplega una sonrisa torcida, desagradable, la voz burlona—. El matador, el bárbaro, tú, así que fuiste el que mataste al Gena, qué gracioso, qué lindo, ¿quién te lo va a creer?
—Cuéntame lo de Yolanda, Lúcifer.
****
Aquella noche no había pescado nada, se sentía solo y necesitado, por eso la miró con otros ojos. Sí, no estaba mal, pero la hallaba muy infantil, y a él le gustaban un poco curtidas, putonas, no como ella que a lo mejor no sabía ni besar. ¿Y si no? ¿Y si era como la Polaca, con su carita de muñequita y era una loca templando? Lástima que ahora vivía en Cienfuegos, su caso era atípico. Los padres de ella le habían inculcado el miedo por la pérdida de la virginidad y la muy loca resolvió usar la puerta trasera y dejar lo otro intacto.
Muchos trataron de romper la leyenda, ser los primeros en acabar con el mito, pero nadie pudo, ni él mismo, que le propició un repertorio de bofetadas para obligarla, pero ella lo venció al ponerle casi en la cara aquel culo exquisitamente dilatado de tanto uso, tan apetitoso como una vagina. Para colmo poseía unas nalgas portentosas. El Lúcifer recordó lo bien y fácil que la había penetrado. Qué Polaca, de verdad que no necesitaba perder la virginidad. Pero ahora no estaba la Polaca ni nadie disponible, sino la muchachita que tantas miradas le prodigara desde hace un tiempo, la que una vez le mandó un mensaje con Cara de jeva. Nunca le había hecho caso, pero ahora tenía tantas ganas de templar…
Se acercó. Al ella darse cuenta de su presencia se puso nerviosa, el rostro se le sonrojó. Al Lúcifer le pareció que temblaba, sonrió con ferocidad, sus instintos de depredador se activaron.
—¿Quieres un trago? —le dijo.
Enseguida se percató que ella no estaba acostumbrada a beber, pero era presa de una euforia que divertía al Lúcifer: “eres una perra en celo”, pensaba. Se entretenía con escuchar lo que ella le decía y que a él no le interesaba para nada. La sonrisa feroz se le transformó en una mueca diabólica, a ella le parecía muy varonil su expresión carnívora.
—Vámonos —dijo de pronto el Lúcifer.
Ella se incorporó y estuvo a punto de caer, el Lúcifer la sujetó. Salieron por la otra puerta del Club Atlético, nadie los vio. Llegaron a la calle, fueron dejando atrás el bullicio de la peña, siguieron caminado por la calle Aricochea, llegaron a la calle Maceo. El Lúcifer entró a un parqueo, le entregaron una bicicleta: monta, dijo.
—¿A dónde vamos? —contestó ella, sentándose en la parrilla.
El Lúcifer echó a andar la bicicleta. Bajaron por todo Maceo hasta la Carretera Central. Al llegar al servicentro “La Curva” ella volvió a preguntar. El Lúcifer seguía dando pedales en silencio. Llegaron a la Circunvalación, el Lúcifer se detuvo. Ella bajó de la parrilla, miró a todos lados. Estaba oscuro y las escasas luces le daban al asfalto un brillo cruel. Los árboles parecían criaturas gigantes y torcidas: Ven, dijo el Lúcifer, y se adentró en los arbustos con la bicicleta de mano.
—No me gusta este lugar —dijo ella mirando alrededor—, nos pueden asaltar aquí.
Pero ya el Lúcifer la había abrazado, la bicicleta cayó al suelo. Por un instante ella perdió la noción de tiempo y espacio, atrapada en un beso rabioso, casi una mordida. El aliento a alcohol del Lúcifer la excitó, tembló de pies a cabeza. Las manos del Lúcifer comenzaron a recorrerla con determinación y ella se sentía desfallecer. En un instante ya estaban sobre la hierba, acariciándose. Ella sabía en qué iba a terminar todo y no le agradaba que sucediera tan rápido y fácil, pero no tenía fuerzas para rechazarlo. De súbito el Lúcifer cambió de aptitud. Dejó de besarla, se sentó sobre ella; con un gesto rápido se despojó del pulóver.
—Ahora vas a mamar —dijo, desabrochándose el cinto.
Ella miró su silueta a contraluz, sorprendida, asustada. Su alma volvió al reino terrenal y recordó que estaba sola con el Lúcifer en las afueras de la ciudad, en un lugar donde nadie la escucharía gritar.
—Ya tengo ganas de irme —dijo ella, e intentó levantarse.
—No te muevas, puta —el Lúcifer la aplastó contra la hierba, con una garra atrapó su cuello, impidiéndole el movimiento.
—¿Qué haces? Déjame tranquila, me quiero ir.
—Aquí hay que mamar —respondió él.
Ya el Lúcifer tenía el falo largo y delgado fuera del pantalón, erguido como el mástil de un barco. Con un movimiento amordazador logró sentarse en el pecho de ella, le colocó el miembro en la cara: mama, repitió.
Ella movía la cabeza de un lado a otro, rechazaba el contacto de la carne enhiesta. El Lúcifer trataba de obligarla pero ella apretó los dientes, apartó el rostro, gemía, luchaba, en una ocasión gritó pero calló de inmediato, casi le introducen el falo en la boca. El Lúcifer perdió la paciencia, se levantó, tomándola por el pelo. Ella lanzó un quejido, comenzó a llorar. Le suplicaba que la soltara, que no le hiciera daño, pero ya el Lúcifer comenzaba a darle golpes: ¿vas a mamar o no?, dijo él, acompañando cada pregunta con un gaznatón. En el silencio de la noche los golpes se escuchaban altisonantes.
—Ya, ya, ya no me des más —dijo ella de pronto, jadeando, yo voy a hacer lo que tú quieras.
El Lúcifer le colocó el miembro en la boca en un gesto triunfal, ella comenzó a chupar con cautela, lentamente. Volvió a sentir un golpe: no me muerdas la pinga, puta. El sabor de aquel trozo de carne dura le daba náuseas. Comenzó a preguntarse cómo aquellas mujeres de las películas que tanto veía su hermano podían chupar tanto aquello, incluso dos y tres a la vez, o acabadas de salir de una vagina o del culo de alguien, e incluso tragarse el semen, esparcírselo por toda la cara con una voluptuosidad impresionante, qué asco. Sufrió una arcada.
—Ahora ponte en cuatro, perra —escuchó.
Ya que más daba, por lo menos no tenía que chupar más. Dentro de unos minutos aquel monstruo se vaciaría dentro de ella y la pesadilla habría terminado. Pero no se iba a quedar así, lo iba a denunciar, lo iba a mandar a la cárcel. Qué distinto fuera todo si el Lúcifer se hubiera portado con delicadeza, ella se hubiera abierto completa para él, de alma y de piernas, y la noche fuera tan distinta…
De súbito su corazón se aceleró, el miedo se apoderó de ella: el Lúcifer le había lanzado un escupitajo entre las nalgas: no, por ahí no, chilló ella.
—Por el culo sí, cojone.
Y sintió que era empalada de un golpe brutal. Jamás había sentido tanto dolor. Trató de zafarse, el Lúcifer la tomó por el pelo, le obligó a pegar el rostro en la hierba, siguió empujando. Ella gritó, las manos se le crisparon, arrancó un mazo de hierba, pero ya el Lúcifer la había metido completa. Luego, el movimiento frenético sobre ella, el ardor, el dolor insoportable. Apretaba los dientes para no gritar, cada embestida le dificultaba el habla.
Y el Lúcifer recordó a Blanquita, la yegua del abuelo, la preferida de él. Ah, Blanquita, con ella conoció el sexo por primera vez, el placer de meterla en una caverna cálida, mucho más que la de una mujer, según comprobó años después; y Blanquita era tan dócil… se quedaba quieta, allí, en medio del cañaveral donde el abuelo había cortado las cañas para que hubiera un terreno de hierba que crecía desmesuradamente después de cada lluvia, y allí no podían verlo, y si alguien se acercaba las cañas le daban el aviso en un crujir inevitable.
Qué tranquila Blanquita cuando él la llevaba hasta la piedra grande que por suerte su abuelo nunca quitó de allí, de esa manera él quedaba a la altura de aquel enorme capullo de delicias; y no había llegado a la piedra y ya la tenía tiesa, hinchada de sangre, y temblaba de placer a la primera penetrada y luego todo era como estar en el paraíso, y aquella calidez sabrosa y Blanquita tan mansa, incluso cuando le dio por tomarla de las bridas y halar ante cada empuje, como ahora que se ha quitado el cinto y lo ha colocado alrededor del cuello de la muchacha, y ha comenzado a halar, Blanquita, y a halar, qué rica Blanquita, y ella comienza a retorcerse, a jadear. Ah, Blanquita, que nunca le lanzó una patada, y seguía halando, ya estaba al terminar, la muchacha que se derrumba, siempre aguantaste mis jalones de brida, Blanquita, ya me vengo, ya, es toda tuya Blanquita…
—Me fui del mundo, chamaco, estaba en otra parte, ni me di cuenta de lo que estaba haciendo.
Ella yacía sobre la hierba, inerte, semidesnuda. El Lúcifer se miró el miembro: estaba embarrado de semen y excremento. Extrajo un pañuelo del bolsillo, se limpió, lo hizo una pelota y la volvió a meter en el bolsillo. No era la primera vez que mataba, pero esto había ocurrido sin querer, sin planes, sin una vía de escape, no como con el Gena, aquel Judas vestido de rockero, maldito informante del D.T.I. ¿Qué iba a hacer ahora? Piensa rápido, Lúcifer. El río, sí, allí cerca había un río, lo recuerda bien, no tan cerca, sí, pero allí está.
—Me pasé la noche arrastrándola por todo el monte aquel —el Lúcifer tuerce los labios—. De madre, tenía que tener la precaución que nadie me viera, qué noche aquella. Ya en el río el Lúcifer extrajo la chaveta y comenzó a cortar la ropa del cadáver. La noche estaba tranquila, silenciosa. Lejos, bien lejos se veían las luces de un caserío. Lanzó parte de la ropa al río y vio cómo se la llevaba la corriente. Apretó el mango de la chaveta, tomó aire, apoyó el filo en el esternón de la muchacha y comenzó a cortar.
—Le saqué las tripas hasta el culo, tenía que eliminar la evidencia, chamaco, allí estaba mi leche.
Observó por un instante el torso casi vacío de la muchacha. Qué sádico eres, Lúcifer, no estaría mal una foto, qué oportunidad. Esto es lo que deben sentir los asesinos en serie de las películas. Sonrió, no está mal. Sí, no está para nada mal.
Cogió una piedra grande y la colocó dentro del vientre del cadáver. La tomó en brazos, ¡cómo pesa carajo!, se adentró en el río. Para la parte más profunda, Lúcifer. Cuando el agua ya le daba por el cuello la soltó. Miró el agua por unos instantes, el cadáver no emergía. Qué bien.
—Te debes preguntar por qué te he contado todo esto, ¿no, chamaco?
El Lúcifer se inclina hacia él, espera que se crea la expectativa.
—¿Sabes por qué? Porque voy a morir —le dice—, porque estás hablando con un muerto. Voy a morir; no ahora, falta mucho todavía… pero ya estoy marcado, chamaco.
El Hetfield lo mira petrificado. El Lúcifer hace una mueca de desagrado, sabe que el relato ha causado un efecto tremendo en él pero hay algo desconocido en la mirada del muchacho que no puede dilucidar.
—¿Cómo puedes dormir con eso? —dice de pronto el Hetfield.
—He dormido como un niño —el Lúcifer carcajea—, no le tengo miedo a nadie, ni a la cárcel. ¿Y tú sabes por qué te he contado todo esto, chamaco? Porque soy un muerto, un cadáver viviente, y no tengo miedo de que le vayas a contar nada a nadie, porque si lo haces te busco y te mato, chamaco, te mato lo más dolorosamente que pueda; te voy a sacar las tripas como mismo hice con aquella, pero lo voy a hacer contigo vivo, chamaco, te voy a destripar si se te ocurre decirle algo a la policía.
—La mataste —el Hetfield está como hipnotizado—, la mataste sin ella haberte hecho nada.
—Ya te dije que lo hice sin querer.
—Si la policía se entera te van a fusilar.
—No me fusilan nada, ¿qué pinga te pasa? Si un día voy preso por eso es para una cárcel en talla, y voy a salir algún día. ¿Tú sabes por qué? Porque tengo Sida, chamaco, me inyecté Sida en Santa Clara, tengo la muerte en mis venas, idiota, pronto reinaré en el infierno, ja. Pero chamaco, si por casualidad es porque cuentas todo esto… estás muerto, chamaco. Te busco y te abro la panza, ¿me oíste?
—Pero… a ti te detuvieron por sospecha.
—Sí, me detuvieron y me interrogaron… pero me soltaron, chamaco, no podían probarme nada, ni a mí ni a nadie. Aquella noche llovió, cayó un diluvio. Tuve suerte, no quedó huellas ni nada. El cadáver y la ropa y todo fue a dar a casa del carajo, ni la policía se imagina que la cosa ocurrió en la circunvalación.
—Ella no te hizo nada… la mataste por gusto, era casi una niña, solo tenía 17 años.
—¿Sí? Qué carajo, era solo una puta.
—¿Qué dijiste?
—Eso mismo, qué coño, una puta. Una linda y rica puta.
El Hetfield se abalanza sobre él con la agilidad de un lince, algo metálico resplandece. Antes que el Lúcifer tenga la noción de lo que está sucediendo ya tiene la bayoneta clavada en la garganta. Se lleva las manos al cuello, tose, escupe sangre. El rojo espeso y caliente va empapando sus manos, ganando el pulóver; le gotea por los antebrazos. Mira al Hetfield con la incógnita reflejada en sus ojos desmesuradamente abiertos, una incógnita que no puede articular en palabras.
El Hetfield aparta las manos del Lúcifer, agarra el mango de la bayoneta, la retira, limpia el arma con el pantalón de su víctima, la guarda. El Lúcifer vuelve a llevarse las manos al cuello con la poca fuerza que le queda. La sangre mana en abundancia y ya se siente desfallecer.
—Esa puta… —dice el Hetfield antes de darle la espalda y marcharse—, esa puta era mi hermana.
(Este cuento pertenece al libro Morir con las botas puestas, que puedes descargar en nuestra sección de Libros de rock y metal cubano)
