No podemos desprendernos de nuestra verdadera esencia. Así como un bosque no puede carecer de árboles y el océano jamás se convertirá en cielo, existe una fuerza profunda que nos atrae hacia el origen. Los jóvenes músicos de la escena extrema nórdica lo comprendieron sobre la marcha de su complejo trayecto.
Escandinavia es un territorio frío e inhóspito para la vida; sin embargo, hace muchísimo tiempo la humanidad logró establecerse allí. Convirtió los paisajes helados en un hogar para forjar a las futuras generaciones y extender su dominio sobre cada peñón congelado al norte del viejo continente. El naciente metal extremo recogió ese legado y lo plasmó en su sonido y estética. Hay verdadera belleza en las portadas que exhiben lagos y extensiones boscosas cubiertas de hielo, así como representaciones de antiguas culturas europeas, leyendas, runas y deidades.
Comprenderlo no significa tomar un hacha y posar como vikingo, hacerse un tatuaje de Odín o Thor, ni mucho menos aparentar lo que no se es. Entenderlo es escuchar a Moonsorrow y percibir las melodías de lo ancestral y puro. Es saber lo que significó Blood Fire Death de Bathory para la fundación del pagan metal. Es apreciar la hermosura folclórica detrás del primer disco de Ensiferum. Es reconocer que, aunque hayas nacido en medio del mar Caribe, aún pueden surgir bandas como Helgrind que representen y defiendan las raíces paganas. Es sentir en lo más hondo que llevas el cabello largo y escuchas esta música porque algo remoto en tu ser grita constantemente quiénes somos en realidad. Es saber que lo que al principio se entendió como una etapa de la juventud, terminó siendo el retorno más hermoso hacia la verdadera identidad de una tierra milenaria, fría y oscura.
