El tiempo pasa inexorablemente para todos. Ni física ni mentalmente podemos escapar de él. Desde el primer segundo en que el universo se expandió ha sido así y no lo podemos cambiar. Pero la vida tiene ciclos que se cierran y, aunque no seas la misma persona, a veces terminas en el mismo lugar.
Creo que nunca avancé más allá del borde del camino; solo me detuve a esperar. Las preguntas pueden haber sido muchas; las respuestas, por otro lado, fueron pocas. Encontrarse a uno mismo no es algo fácil y puede que te pierdas aún más en el proceso. Pertenecemos allí adonde fuimos exactamente algo. Y ese algo es lo que quizás nunca debiste dejar de ser.
Caminar ese sendero cansa, destruye, fatiga. Pero yo solo me detuve en la entrada, rodeado de un bosque oscuro, frío, lúgubre. Me asustó la sombra que yo mismo proyectaba contra el suelo. La música sonaba intensa, alta, estridente. La batería me levantó; la guitarra me hizo abrir de nuevo los ojos. El camino es para recorrerlo: no importa qué. La oscuridad siempre estará ahí; no hay que temerle, hay que atravesarla.
