
Fotos: Leonardo Villavicencio
No hay voluntad más poderosa en el mundo que la de un metalero aferrado a lo que queda de su melena en un concierto de Iron Maiden. O bueno, sí, la de un metalero cubano más cerca de los 30 que de los 20, aferrado a lo que queda de su melena en un concierto de Iron Maiden. Más aún cuando en el país en que vives, llevan 17 años esperando por Iron Maiden. Más aún cuando naciste en una isla-país donde un concierto de Iron Maiden era un sueño inalcanzable. Más aún, cuando a pesar de lo imposible al cuadrado, al cubo, a la enésima potencia, no dejaste de soñar, y estabas seguro de que si alguien te diera a escoger un solo concierto al que ir en la vida —sabiendo que sería ese y solo ese—, escogerías a Maiden, siempre a Maiden.
Esperaste soñando y despertaste al salir del Metro de Quito, después de tomar el autobús, y viste al Eddie espacial con una pistola de plasma en la Avenida Naciones Unidas, y al Eddie soldado dando espadazos al aire, y al Eddie del manicomio luchando con las cadenas, y al Eddie con el hacha en la mano que se repite hasta el infinito en camisetas, carteles, llaveros, almanaques y postalitas, en tonos verde y rojo, rojo y verde. Al Eddie que aparece en las pantallas a cada lado del escenario, cuando pasas la congestión interminable de camisetas, y que anuncia la fecha y el lugar en que hoy —solo hoy— ocurrirá.
14 de octubre de 2026. 19:00 horas. Estadio Olímpico Atahualpa. Iron Maiden: Run for Your Lives Tour. No lo soñaste. Ahí estás.
Iron Maiden en Quito no son solo dos horas, 17 canciones, tres pantallas y casi 30 mil personas. Iron Maiden en Quito eres tú adolescente descubriendo «The Number of the Beast» en una carpeta que copiaste de algún lado. Eres tú recién llegado a la Universidad de La Habana pidiéndole a una amiga que pronto se iría del país otra carpeta con sus grandes éxitos. Es un video en baja calidad descargado de un Internet lentísimo con los 50 mejores riffs de La Doncella. Es la primera vez que sonó en tus oídos «The Trooper», «2 Minutes to Midnight», «Phantom of the Opera», «Wrathchild». «Hallowed be thy Name».
Eres tú en una guagua repleta de la ruta Vedado-Alamar con un par de audífonos defectuosos mientras sonaba «The Prisoner». Es la entrevista en la que oíste a Bruce Dickinson decir que cuando cantaba, lo hacía para que el tipo de la última fila que solo ve una silueta en el escenario sienta que esas canciones, que ese concierto, es para él. Eres tú descubriendo el video de un concierto en Rock in Rio y soñando estar en ese concierto, o en cualquier otro, ahí en el fondo, pero ahí.
Eres tú tomando un avión sin saber si volverías a pisar la isla, tu isla, al compás de «Aces High». Eres tú llegando a Ecuador y sabiendo que si bien allí iban bandas, esa banda que tú querías ver tenía olvidado a aquel lugar desde hacía década y media. Eres tú, dos años después, leyendo que habrá una gira de Maiden por Sudamérica y soñando en que Quito estará. Eres tú descubriendo que estará y corriendo a endeudarse para estar.
Eres tú esperando casi un año, comprando un pullover de Killers y una gorra de «Run to the Hills» que no pudiste tener antes, porque era difícil tenerlas. Es el bus, el metro, la caminata, son las capas impermeables de dos dólares que compras antes de entrar al estadio porque es Quito, y en Quito siempre llueve. Es el señor casi calvo de atrás de ti que vio a la banda en 2009 y dice que se moría si no iba. Es el tipo de al lado, que te ofrece una cerveza para aclarar la garganta y que una hora después te dejará casi sordo cuando grite «Run to the Hills». Es tu compañera con un t-shirt de Motörhead, lo más cercano a Iron Maiden que había en la casa además del tuyo, y la chica desconocida de tu derecha, que se hizo el rostro de Eddie en una uña, y que se sabe todas las canciones del set list.
Es la foto que te toman antes que anochezca de espaldas a un estadio medio lleno. Es ese estadio apagando las luces y el grito unánime de la gente que sabe lo que viene. Es tu melena maltratada por los tiempos, el estrés y la nostalgia, que emerge de abajo de la gorra con unas entradas que no eran tuyas, pero que se asoman cada día en el espejo. Es la banda saliendo de la nada con el bajo inconfundible de Harris, las guitarras que suenan como en cabalgata y el chillido agudo de Dickinson.
Eres tú maldiciendo estar lejos, al otro lado del estadio, y que no haya alcanzado la plata para ir allá, a la cancha, donde la gente se apila y da vueltas, y mueve la cabeza al ritmo de La Bestia. Eres tú, maldiciendo tu astigmatismo mixto que te obliga a llevar espejuelos. Y malditos sean, de paso, los organizadores, por no poner unas pantallas más grandes. Maldito tu móvil de gama baja, que no te deja tomar una foto nítida de lo que ven a la distancia mis ojos. Maldito el olor a cigarro de los que fuman delante. Maldito Bruce, que te subes al estrado y quedas frente al Eddie esfinge en lo que sabes que sería una fotaza, y maldito tu complejo de periodista que te hace con los ojos, y solo con los ojos, fotos imposibles de tomar con una cámara.


Maldito tu oficio de cronista que no te permite disfrutar el concierto por completo, por estarte fijando en esos detalles. Malditas las ganas de escribir que sientes ahora mismo cuando quieres estar concentrado en la música. Maldita, maldita Iron Maiden que no hace un show, un concierto, sino una obra de arte en el escenario y te obliga a sentarte en un par de canciones, ¡a sentarte!, porque quieres ver, comprobar, corroborar, estar 100 por ciento seguro de que lo que hay ante ti es real. Maldita banda. Maldito estadio. Maldita fecha, que casi te saca las lágrimas. Maldito tu mejor amigo, porque quisieras que estuviera en ese concierto. Malditos los que dijeron: «disfruta por mí», «disfruta por todos», como si eso fuera de alguna manera posible. Como si estuviera en tus manos hacer que los cientos o miles de frikis que sueñan igual que tú has soñado aparezcan ahí, contigo, y vean lo que tú ves. Maldito Bruce. Maldito Harris. Maldito Quito. Maldita Maiden. Y que Dios bendiga a los malditos, porque solo así se entiende que todo se alineara para hoy.
Y es de nuevo el maldito Bruce Dickinson subido allá arriba, corriendo, lo mismo con un casco de aviador que con la casaca roja de un soldado, o de prisionero en una jaula a la espera de la horca, o con un sombrero de copa y un farol en medio de “Fear of the Dark”. Es su llegada, su salida y su retorno de la banda. Es el cáncer de garganta que no lo pudo vencer. Es su regaño porque usen unas bengalas y llenen el estadio de humo. Es su «Scream for me, Quito» y su broma de que «we will see you in another 15 years».
Es la banda haciendo como que se va y apagando las luces mientras la gente corea: «Ole, ole, ole, ole, Maiden Maiden«, porque saben que no se han ido. Que todavía no. Que queda más. Son las luces prendiéndose de nuevo, las avionetas de «Aces High» volando sobre la pantalla y los coros de un inglés lleno de palabras inventadas, porque no todo el mundo se sabe las letras, pero todo el mundo quiere cantarlas. Es la Bestia, la Doncella, la mejor banda de heavy, tocando la intro de «Wasted Years» entre los saltos de la gente. Es Maiden recordándonos, en esa última canción, quizás la última que toquen para siempre en la mitad del mundo, que puedes pasarte años soñando con un momento y, cuando al fin llega, descubrir que ese momento contenía todos los años que pasaste esperándolo. Que cada uno de esos años que creíste perdidos, pero que no has perdido —que jamás has perdido— te ha llevado aquí y ahora, a ese sueño que de tan lejano parecía infinito y que, durante esas dos horas y para el resto de tu vida, se ha vuelto realidad.





Estimado Junior, cai en tu pagina buscando la crónica del concierto de Maiden en Quito, porque hoy 17 de octubre nos toca aqui en Lima disfrutar lo que tus privilegiados ojos, oídos y todo tu ser presenciaron en el show de la Bestia. Tus palabras emocionan, por toda la travesía que te tocó vivir para poder al fin ver a nuestros ídolos en vivo. Al final, la vida nos premia por el esfuerzo y por todo lo bueno que hacemos con el corazón. Te envío un gran abrazo, gracias por emocionarle la mañana a otro metalero como tú, que aunque te llevo 2 décadas de ventaja, siempre escuchará esta hermosa música de los dioses.
Espero que lo disfrutes y se convierta en una noche inolvidable. Gracias por la lectura y el abrazo de vuelta